jueves, 7 de enero de 2016

Sacrificio

Iba absorto en sus pensamientos en medio de la noche, una noche fría y desolada. Caminando a través de la calle, la niebla caía levemente, pero lo suficiente como para notar cómo penetraba la ropa y llegaba hasta sus huesos. Intentaba no hacer mucho caso del frío pensando en la conversación que había tenido con el Doctor. Aquello era realmente sobrecogedor, ¿cómo alguien puede levantarse y andar mientras está dormido? Aquello sin lugar a dudas era una especie de milagro con un toque diabólico. Según contaba el Doctor, aquellas personas parecían estar en trance, ordenadas por algo o por alguien, en aquellos movimientos lentos y pausados. Por lo visto no era recomendable despertarles porque les podría quedar secuelas, o incluso peor, no salir de aquel trance. Estaba claro que lo oscuro siempre iba a estar presente en este mundo, desde los inicios hasta ahora, iniciado el siglo XIX, y hasta el fin. 
Algo lo sacó de sus pensamientos, un ruido poco perceptible llegó hasta él desde más avanzada la calle. La niebla y la oscuridad de la noche no le permitían ver a mucha distancia, lo que le impedía saber qué había producido aquel ruido. Se estaba empezando a inquietar, y gran parte de la culpa la tenía el Doctor con sus historias de personas en trances satánicos.
Poco a poco, más adelante, iba visualizando lo que parecía un bulto sobre el adoquinado. Conforme se iba acercando cada vez más, iba distinguiendo lo que parecía un cuerpo sin vida. Se paró y empezó a mirar en todas direcciones, no sabía qué hacer. Se acercó más. Quizás esa persona necesitara ayuda, o quizás ya no. La miró por un momento, estaba tumbada boca arriba, el rostro quedaba tapado por una boina que llevaba puesta y que, al caer, se le debió de girar hacia la cara. Era un hombre con ropas viejas y quizás algo mayor, según el aspecto de sus manos. Tendría que comprobar si estaba vivo o no. Según se estaba agachando para comprobar su pulso, de repente la mano de aquel hombre comenzó a moverse lentamente, lo que le hizo trastabillar del susto hasta caerse al suelo hacia atrás. Al incorporarse para ver qué estaba pasando, observó que el hombre se estaba levantando lentamente sin quitarse la boina de la cara, lo que le daba un aspecto temeroso. Él también se levantó, pero se quedó inmóvil una vez incorporado, no razonaba, su mente se había quedado bloqueada ante la visión de aquel hombre que, sin ver debido a la boina, se acercaba hacia él. 
Avanzaba lentamente pero con rumbo firme hasta que le agarró de las ropas. Él se intentó zafar pero no podía, el hombre demostraba fuerza. Él solo imaginaba qué podría haber detrás de aquella boina, ¿qué tipo de rostro?, ¿escalofriante?, ¿terrorífico? No necesitaba ver, ¿tendría entonces ojos?, ¿o quizás simplemente estaba exagerando? ¿Podría ser un soñador andante como los descritos por el Doctor? En ese momento decidió eliminar toda duda quitándole la boina de la cara. La imagen fue impactante puesto que aquel rostro era corriente, solo tenía los ojos cerrados, era la impresión de esperar algo horrible y contemplar algo normal. Aquello le confirmó que debía ser un soñador andante, entonces intentó despertarle, aún a riesgo de que se quedase anclado en el trance, mediante unas palmadas en la cara. Aquello sí que le produjo escalofríos por todo el cuerpo haciendo que su corazón latiese más rápido de lo normal. El hombre había abierto los ojos y eran todo negro, no se distinguía la esclerótica del iris. Aquel rostro había adoptado un aspecto totalmente maligno con una expresión relajada y ojos vacíos que no reflejaban ningún color. Estaba muy asustado, no sabía la intención del hombre hacia él, pero no parecían muy buenas. Intentó zafarse para poder huir y dejarle atrás, pero no podía, el hombre a pesar de que aparentaba ser mayor, tenía fuerza suficiente como para tenerle agarrado sin dejarle ir. Intentó velozmente hacer un repaso mental rápido de todas las cosas que le había contado el Doctor, a ver si podía recordar algo que le pudiese ayudar y en una primera pasada no localizó nada, pero en una segunda sí que se acordó de que el Doctor le comentó que al parecer, estas personas, visualizan un objetivo que tienen que realizar, quizás dictado por algo o por alguien superior, y hasta que no lo cumplen no vuelven a su estado de quietud. En ese instante sintió cómo impactó el puño del hombre en su mejilla. Cuando se quiso dar cuenta, estaba en el suelo tumbado, quizás por la inercia del golpe, y con parte de la cara la totalmente insensible. No sabía qué hacer, aquel hombre se acercaba lentamente. A él no le daba tiempo a levantarse y salir corriendo, estaba medio mareado del golpe y no se veía capaz de tener la estabilidad necesaria como para hacerlo. Se le ocurrió, a partir de lo que le contó el Doctor, que podría intentar una treta para acabar con la situación, así que fingió que se derrumbaba en el suelo y que se quedaba inmóvil. 
Después de un par de pasos ya no se escuchaba ninguno más, así parecía que se había parado. Esperó un poco más, no oía ningún ruido. Espero otro poco más, tampoco escuchaba nada, así que abrió los ojos e intentó dirigir la vista hacia donde estaba el hombre, intentando moverse lo menos posible. No entendía del todo lo que estaba viendo, el hombre estaba de rodillas, con los brazos en cruz y la cara levemente dirigida hacia arriba. Negaba con la cabeza algo, como si estuviese comunicándose con alguien, manteniendo su rostro inmutable. Aquel hombre, definitivamente, debía estar loco porque no encontraba explicación a su comportamiento. Pero aquel momento era idóneo, en el que el hombre estaba distraído, para intentar escapar ahora que se encontraba mejor del golpe. Se puso en pie y de repente la oscuridad disipó la poca luz que iluminaba la calle, escuchó un ruido seco, después otro grave mantenido cierto tiempo, para acabar nuevamente con otro seco y la luz volvió a su estado anterior. Él iba a salir corriendo pero la curiosidad pudo más por un momento, así que se volvió y vio al hombre tumbado en el suelo, como si alguien lo hubiera empujado hacia atrás, con los ojos cerrados. En aquel instante sintió pena por aquel hombre, a pesar de lo que le había hecho, ya que no tendría la culpa de ser un soñador andante, según el Doctor esa facultad no la eligen las personas, ella elige a las personas. 
A pesar de este último y raro acontecimiento, parecía que la treta había dado sus frutos. El hombre se había vuelto a quedar quieto porque había logrado su objetivo. Ahora tenía la duda de si el hombre realmente estaba dormido o muerto, ya que quizás estos hechos habían sido tan intensos que, en su trance, a lo mejor le había causado algún tipo de exceso en su cuerpo dejándolo sin vida. Lo meditó un instante y fue a comprobarlo. Parecía que la escena se volvía a repetir, él acercándose al hombre para comprobar su estado, pero en este caso era diferente, aquel hombre parecía haber sufrido algo grave. Según fue a cerciorarse, al igual que antes, el hombre se movió, pero esta vez más rápido incorporándose y atenazándole el cuello con ambas manos. Notó la fuerza del hombre sobre su garganta, el aire se cortó en seco, no podía respirar. El terror le invadía por completo, intentaba escabullirse golpeando sus brazos pero no conseguía disminuir la presión que le estaba quitando la vida. La sangre se le agolpaba en la cabeza y los ojos parecía que se le iban a salir de las órbitas. Poco a poco notaba cómo las fuerzas le iban abandonando, pero no el terror y el miedo que invadía su cuerpo. En su mente solo tenía impresa la imagen que estaba viendo, aquel hombre cuyo rostro había cambiado completamente y que ahora denotaba ira, odio y junto con aquellos ojos negros, una expresión completamente diabólica. Sería lo último que viera, notó cómo sus párpados cayeron dejándolo todo oscuro, dejándolo a él solo ante lo desconocido, solo ante la muerte. Sus pulmones se vaciaron por última vez y lo último que sus oídos escucharon fue una voz procedente del mismísimo averno que decía:

Gracias Señor Oscuro por lo que me has dado,
Acabo de completar mi primera parte
El resto vendrá según lo acordado
No me olvido de recordarte
De la importancia de lo sellado
Pues izaré tan anhelado estandarte…


sábado, 26 de diciembre de 2015

Divergencia

Aquellos colores cuánto más los miraba más estaba convencido de que eran divergentes, quizás la forma de cada uno también influía en su discordancia, y quizás su proximidad confirmase su discrepancia. Podía imaginar infinidad de cosas pero necesitaba incontinenti el continente de todo aquello, la nada no existe y, por tanto, algo que sustentase, envolviese y protegiese aquella divergencia. Podía pensar en algo infinito o, en cualquier caso, en un conjunto de continentes relacionados mediante una escala jerárquica. Aquellos colores necesitaban una estructura para poder existir. Todo aquello por una divergencia. Quizás le debiera mucho a la discordancia porque al final, todo nace de la discrepancia.

martes, 22 de diciembre de 2015

Vacío Por Dentro

Vacío por dentro,
flota en el mar y se deja llevar
a tierra o adentro,
su luz apagada,
su luz congelada,
dejan su alma helada,
pero el calor de los recuerdos,
el calor de los sueños,
parecen suficiente
para mantener la esperanza
de un final diferente…

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Sombras

La oscuridad de la ventosa noche invadía la estancia de la casa, solo repelida levemente por los pequeños candiles encendidos situados en diferentes partes de la habitación, así como por la chimenea. Gracias a estos se podía observar una decoración cuidada, con dos sillones color arena oscuro colocados a ambos lados de la chimenea, sobre una alfombra con motivos que combinaban diferentes tonalidades de verdes oscuros, así como del color arena semejante al de los sillones, que conjuntaban a la perfección con las cortinas del mismo color sujetas por unas abrazaderas que permitían el paso de la oscuridad. La alfombra perfectamente centrada en la habitación tapaba parte de aquel suelo de baldosas de barro con juntas oscuras y sobre el que se distribuía el resto del mobiliario, el conjunto de mesa y sillas de madera así como diversas estanterías también de madera que alojaban libros de todo tipo.
Y ahí estaba, solo en su sillón, solo con la oscuridad, solo con el crepitar de la chimenea y la vibración de las ventanas producidas por el viento que parecía querer entrar, con la mirada fija en la chimenea mientras el tiempo pasaba. Era mayor ya, cuando se había dado cuenta la vida se le había escurrido entre las manos mientras su cabello se volvía blanco e iba desapareciendo de su cabeza, al contrario que sus espesas cejas que habían cambiado de color únicamente. Pero conservaba siempre un aspecto impecable con la camisa de cuello redondo y lazo grande a juego con el chaqué, la chaqueta y los pantalones. 
Llevaba mucho tiempo esperando y las noches se hacían largas, solo acompañadas por el brillo de la luna, que las ventanas enseñaban, y el fuego inquieto de la chimenea. Recordaba una y otra vez lo que hizo, aquello sentenció su vida. Dormía cuando los demás vivían y moría en vida mientras los demás dormían. Aquellas cadenas invisibles le mantenían atado a la noche, siempre alerta, siempre en tensión, solo aplacado por el sentido del deber cumplido. La luz era su escudo, su refugio y en la cual seguiría viviendo esperando la muerte. Y quizás ese momento estaba cerca. Creyó ver cierto movimiento en la zona más oscura de la habitación, eso solo podía significar que venían a por él. Se fijó un poco más y observó que poco a poco ese movimiento se iba acercando a él. Sombras. Se comenzaban a discernir entre la oscuridad, reptaban por el suelo con lentitud, moviéndose de un lado hacia otro. Parecían buscar un camino de entrada, pero no lo había. Ya se había ocupado él de que así fuese. Estaba rodeado de luz. Aun así las sombras parecían escudriñar posibles vías, intentando hallar el camino directo a él. Pero no lo había. Él se sentía seguro del poder de la luz. Pero no se sentía tan seguro ante el poder de las sombras. Eran astutas e inteligentes, y no se darían por vencidas tan fácilmente. 
A la vez, también eran persistentes e intentaban una y otra vez entrar en la zona iluminada, pero no podían, la luz mantenía su territorio intacto. Las sombras comenzaron a juntarse para después separarse y dirigirse hacia la luz de la luna. No lo entendía, desconocía cuáles eran sus planes. Continuaron en su avance hacia las ventanas. De repente supo cuáles eran sus intenciones, ¡pero ya era demasiado tarde! Las formas oscuras subieron por las ventanas y comenzaron a forcejear con ellas hasta que consiguieron abrirlas. Aquello liberó la fuerza del viento en el interior de la habitación, tan intensa, que las hojas de las ventanas se abrieron tan rápido que parecía que careciesen de peso, impactando contra las paredes una y otra vez. Entonces el viento hizo el resto, inundó la estancia agitando todo lo que pillaba a su paso, lo que produjo el apagado de los candiles. En ese momento veía su fin cada vez más cercano, era inevitable, no podía hacer nada. 
El viento continuó con su tarea produciendo tal corriente que el aire que entraba a través de la ventana, junto con el que salía a través de la chimenea, produjo una lucha de fuerzas contra el fuego, que aguantó su primer embate, pero en el segundo tuvo que claudicar y solo quedaron unas pocas brasas que se apagaron al poco rato. La estancia quedó a oscuras y las sombras comenzaron su avance lento pero implacable. Su fin se acercaba y lo sabía, solo podía esperar a que fuera lo más rápido posible. Tenía miedo pero estaba tranquilo de haber conseguido mantener a raya tanto tiempo a las sombras. Aquel pacto con el oscuro, al que vendió su alma, había conseguido mantener a las sombras lejos de la tierra durante un buen tiempo. Había sido el guardián, el centinela, pero eso nadie lo sabría más que él. Probablemente si no hubiera vendido su alma al oscuro, su destino habría sido diferente, quizás habría conseguido desterrarlo para siempre, si no ¿por qué tanto interés del oscuro por su alma? Es algo que nunca supo y que nunca sabría, por eso empeñó su alma a cambio de mantener alejadas a las sombras hasta el pago del trato. Y aquí estaba para cobrárselo, ahí estaban las sombras que se acercaban hacia él, para cogerle, para devorar su alma y que desapareciera para siempre, acercando de nuevo, y por fin, el reino de la oscuridad…

sábado, 28 de noviembre de 2015

Atardeceres

Aquellos colores, aquella luz, aquella brisa…solo faltaba ella. Este era su sitio, con él y con el atardecer. Cuántas tardes habrían pasado delante del ocaso compartiendo solo el momento, solo la compañía, solo el atardecer. Los colores que los envolvían dotaban de una cierta magia el instante, manos cogidas, miradas compartidas, palabras en silencio. El horizonte se abría a ellos a través de un mar de color profundo, cuya calma dejaba reflejar los colores que el astro pintaba sobre el cielo. El aire soplaba levemente sobre sus rostros que, junto con la arena fina, fresca, transmitían esa sensación de libertad y tranquilidad junto a la persona que más quería. Muchos momentos compartían a lo largo del día, pero ninguno era tan delicado, tan tierno, tan apasionado, solo sentían, no pensaban, no hablaban.

Ahora su lugar estaba vacío, ya no estaba y ahí estaba su sitio. Casi podía ver cada gesto suyo, cada mirada y sentir su mano cómo cogía la suya, casi podía ver su belleza iluminada por el brillo de sus ojos proveniente del atardecer, aquel atardecer que revolvía su pelo cada vez que el viento soplaba, dándole un aspecto más natural, más atractivo. Pero ella ya no estaba. En su mano agarraba el poema que le dio el día de su cumpleaños, en el mismo sitio que ocupaba ahora mismo.

Bajo estos colores
Solo te puedo decir que te quiero
Y espero que no llores
Porque si te soy sincero
Solo quiero verte feliz
Así, tal y como eres
Bajo estos atardeceres,
El mar me cuenta
Que siempre será así
Y solo lamenta
De la muerte y su afrenta,
Del viento oí
De nuestro amor infinito
Gracias a cómo eres,
Y de la arena te transmito
Siempre bajo atardeceres
Podrían ser nuestro mundo
Porque tal y como eres
No hay sentimiento más profundo
Que siento y espero que no esperes
Que te quiera menos
En estos atardeceres


Ya nada era lo mismo, una parte de él había estallado en trozos, trozos que costaría mucho tiempo volver a juntar, trozos afilados que hacían y harían mucho daño. Sentarse allí, bajo el sol mientras se escondía, era una manera de recuperar parte de ella, de lo sentido, de lo querido. El horizonte salpicado de tonalidades le hacía no olvidar nunca para recordar siempre lo que había sido ella para él, su día a día, su vida. No la recuperaría nunca, pero no la perdería jamás, el recuerdo había quedado labrado en su corazón y ahí siempre la sentiría. Olía el aire, veía los colores, sentía la arena y le parecía estar junto a ella bajo el atardecer…

Siempre bajo atardeceres
Podrían ser nuestro mundo
Porque tal y como eres
No hay sentimiento más profundo
Que siento y espero que no esperes
Que te quiera menos
En estos atardeceres

sábado, 21 de noviembre de 2015

Pluma y Papel

Pluma y papel es todo lo que puedo pedir
Sin saber y solo al escribir
Gano libertad a cada verso que construyo
Y no tengo que pensar mientras huyo
Solo crear mientras empiezo a volar
Ya no huyo, ya no corro, solo me dejo llevar
Mientras la tinta avanza por el papel
Se crea un lienzo, fíjate en él
Porque son historias en trazos, en trozos
Con comienzo, con fin, alegrías y sollozos
Vidas paralelas, fantásticas o reales
Enteras, parciales o formadas por retales
Déjame ese momento, déjame que escriba
Crear los cimientos, construir y llegar hasta arriba
Donde yo quiero estar y a donde puedo llegar
A través de la pluma y el papel alcanzar
Con todo el anhelo, mi mundo paralelo

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Última Bala

A la hora, el día y el momento elegido. Quizás no era el que más le gustaba, pero tendría que pasarlo. Se encontró entrando en una estancia oscura, solo podía ver aquello que iluminaba una lámpara que colgaba de un techo desaparecido en la negrura. Una silla, una mesa, una pistola y su oponente.
Le llamó la atención el contraste del metal brillante y limpio de la magnum sobre la mesa, que reflejaba la luz proveniente de la única fuente de luz existente en la estancia. Las cachas negras hacían juego con el mueble, que era del mismo color. El rostro de su oponente, igualmente iluminado que el arma, le miraba fijamente a los ojos. Su mirada no revelaba miedo ninguno. No veía rastro de sudor o alguna otra pista que le pudiese indicar que estuviese nervioso. Era de un rubio exagerado, no sabía si por efecto de la luz, o porque era su color real de cabello. Con sus ojos azules claro tenía el mismo problema. Procedió a sentarse, quedando su mirada a la misma altura que la de su contrincante. La comunicación verbal estaba prohibida. La pistola le apuntaba a él, luego se había decidido que tendría que ser él el que comenzase. Aquello no era un buen comienzo, su oponente tendría más posibilidades de ganar, y no solo eso, llegados el caso, si solo queda una bala, sabría que se tendría que enfrentar a la muerte directamente siendo consciente de ello. El hombre rubio, sin apartar la mirada, cogió la pistola, acercó el cañón a su sien y levantó el percutor. Se fijó en el pequeño, casi imperceptible temblor de la mano que sujetaba el arma. Aquello era una pista de gran valor, aunque seguía sin ver a a través de su rostro el dilema que tendría en su interior ahora mismo, su oponente no se había dado cuenta de que su mano le había delatado. Admiraba cómo su rostro eliminaba cualquier atisbo de miedo o de conflicto interior. Apretó el gatillo. Sonó el click que confirmaba que el cargador estaba vacío y el tambor giró para colocarse en la nueva posición. Su oponente continuaba con el mismo rictus en el rostro. Ya solo quedaban cinco posibilidades de que la bala estuviese alojada en alguno de los huecos del cargador. Era su turno. Su adversario dejó la pistola encima de la mesa, lista para que la usara él. La cogió. La puso sobre su sien. La amartilló. Y esperó. No tenía miedo y quería infundirlo. La frente de su oponente comenzaba a perlarse de sudor ligeramente, lo que le comunicaba que la presión psicológica a la que estaba sometido por la situación podría decantar la balanza hacia su lado. Entonces apretó el disparador. Otra vez el click. Ya solo quedaban cuatro turnos. Dejó el arma en la mesa para que lo cogiera su adversario. Este la volvió a situar con el cañón sobre su sien. Levantó el percutor. El temblor de su mano se hacía más patente que antes. Su presión interior iba en aumento. Disparó. De nuevo el click. Dejó la pistola sobre la mesa. Su frente reflejaba pequeños destellos del sudor que, cada vez más, iban en aumento. Él también se dio cuenta de que la respiración de su oponente estaba aumentando de ritmo paulatinamente. Tres turnos. Las posibilidades se volvían a reducir de nuevo. Si le volvía a tocar en la siguiente, asunto terminado. Había que actuar. La levantó y la apoyó sobre su cabeza. Esta vez, acercó su cara todo lo que pudo hacia el rostro del hombre rubio, sin llegar a tocarle, frente a frente. Le escrutó con la mirada. Lentamente levantó el percutor. Un tercio mortal de posibilidades. Esperó. Apretó el gatillo rápido, vio cómo su adversario parpadeó y ligeramente subió las cejas. Le había sorprendido, no lo esperaba tan rápido. Estaba a punto de conseguirlo. Dejó el arma sobre la mesa con fuerza, de modo que un sonido rápido y fuerte inundó la estancia quebrando el sonido eterno que se había instalado. El cuerpo del rubio sufrió un pequeño espasmo y su rostro comenzaba a desmontarse. Arrastró el arma hacia él. Su mirada denotaba miedo al ver el arma cerca suya. Su conflicto interior estaba en el punto más álgido. Solo tenía que presionarle un poco más, así que giró la pistola con la culata hacia él en gesto de que era su turno y que debía cogerla. Entonces el rubio bajó la cabeza, relajó el cuerpo y se levantó de la mesa. No volvieron a cruzar más miradas. Se quedó solo ante el arma así que la cogió, sacó el cargador hacia un lado y comprobó que habría sido el turno de la bala. No más clicks. Pobre desgraciado, se había ido con la sensación de derrota, sin saber que le había salvado la vida y que debería de estar contento de no estar muerto. De otro modo las probabilidades de este juego absurdo le habrían reventado la cabeza.
Otro juego más. Más dinero. Peligroso pero rentable. Las palabras volvían a su mente, “No tengo nada que perder, lo tengo todo para ganar. Dispara, da igual, sales ganando…