jueves, 21 de abril de 2016

El Códice. Parte II

La última información que el Huraño sabía es que lo poseía un austriaco, un tal Niklas Kloner, accionista principal de la empresa petrolera más grande del mundo, así como creador de la empresa Biometrics Corp dedicada a la curación de enfermedades mediante el uso de virus modificados genéticamente. Un gigante en su sector.
Pero lo más curioso era que el austriaco llevaba mucho tiempo con el Códice, bastante más que cualquiera de sus antecesores, lo que hacía sospechar al provecto hombre de que Niklas estaba siendo excepcional en ese sentido. 
Aquella información caló hondo en Aitor, tanto por la incógnita de por qué el Codex duraba tan poco tiempo en manos de sus dueños, ya que los amantes de las antigüedades solían adoptar cada una de sus piezas como un pequeño tesoro y no se separaban de ellas salvo fuerza mayor. 
Lo que no sabía era lo especial que se veía cuando lo tenía delante, sobre la mesa. Ricardo había cumplido su parte. El manuscrito era voluminoso, tenía una encuadernación elegante, con tapas gruesas recubiertas de cuero marrón oscuro con los bordes revestidos con un marco metálico, cuyo uso después de tantos años había conseguido apagar cualquier brillo del metal. Las tapas venían con incrustaciones en las esquinas de piedras rubís con un color granate profundo que, a través de cuero más oscuro todavía que el usado para la encuadernación, conectaba con el centro de la tapa que quedaba rematada por una turmalina negra cuyo color opaco hacía que el conjunto ganase fuerza, pero una fuerza sombría. Se fijó en el lateral, por donde se abrían las páginas, y comprobó el estado de la cerradura que unía ambas tapas del códice y que no permitía abrirlo. Estaba en perfectas condiciones, lo que le confirmaba que nadie había podido leer sus páginas. Escrutó minuciosamente, a través del canto del manuscrito, que no hubiese hojas arrancadas. Acarició el Códice. 
Para poder conseguirlo partió de la información suministrada por el Huraño y comenzó a investigar. Habló con varios cazadores y ninguno de ellos ni conocía el Códice, ni tenía ni idea de cómo encontrarlo. Hasta que coincidió con Ricardo en una subasta en la que se vendía una pieza importante, el Cáliz del Olvido, realizado con plata adornada por varios rubíes espinelas de color rojo profundo rodeando su contorno, y que acompañaban a la perfección a los detalles labrados en el metal precioso. Aquel Cálice brillaba, tanto por la superficie de la plata, como por las piedras que la decoraban, de una manera intensa. Aitor lo observaba maravillado, era un enamorado de las antigüedades.
Le llamaban el Cáliz del Olvido, porque por lo visto según contaba la historia, aquel que bebía de él perdía todos los recuerdos, se convertía en un amnésico permanente. Su creador fue un eclesiástico que, apelando al poder del Señor, pedía una solución para la situación del reino en el que vivía. Era inestable y peligroso. Se había enterado de un posible levantamiento contra el Rey a través de un monaguillo cuyos oídos finos habían captado una conversación muy importante en la que se desvelaban los planes del hijo del Rey, cuyo odio contra su progenitor no tenía límite, con objetivo la muerte del monarca. El clérigo, conociendo los poderes del Cáliz, consiguió que el sucesor del Rey bebiera, tentado por probar el sabor del mejor vino del continente, y no hubo mejor limpiador de recuerdos que el vaso de plata, aunque con la cantidad de vino que se bebió quizás no habría hecho falta poder secreto alguno. De este modo, consiguió salvar al Rey de una muerte a manos de su hijo. Nunca supo las intenciones de su descendiente y su pérdida de memoria se achacó a una enfermedad desconocida. Si el Rey se hubiese enterado de la causa de la muerte de sus remembranzas, el Clérigo sabía que le habría hecho beber vino en cantidad igual a su peso, que no era poco. Tampoco era poco bebérselo de un trago gracias al embudo que le habría introducido en la boca. Se habría inventado el embutido de vino...

¡La semana que viene publico la siguiente parte de El Códice!

lunes, 11 de abril de 2016

El Códice. Parte I

En esta ocasión, la historia se ha dividido en partes ya que su longitud excede lo habitual. La semana que viene se publicará la siguiente entrega.

Ricardo se acercaba con él. Lo dejó encima de la mesa mientras Aitor lo examinaba. Llevaba mucho tiempo esperando aquello. Muchas horas de estudio, muchas horas para localizarlo, muchas horas para conseguirlo. Y ahora lo tenía delante. Era un momento especial y muy transcendental. Le dedicó un momento a observarlo. Era el Codex Cardan. Un códice al que la historia no le había dado la importancia que merecía, quizás por el desconocimiento de su contenido y porque apenas era conocido. A lo largo de la historia había permanecido oculto pasando de unas manos a otras, pero en ninguna ocasión llegó a ser leído. 
Aitor, un experto en piezas históricas, tuvo conocimiento del manuscrito en una fiesta privada a la que asistieron múltiples personalidades relacionadas con las antigüedades, así como vendedores y “cazadores”. Los cazadores eran personas a las que se les encargaba la búsqueda de reliquias o antigüedades y de los cuales era mejor no saber cómo lo conseguían, ya que en muchas ocasiones realizaban su trabajo exitosamente cuando las probabilidades de que pudiesen encontrar el objetivo del encargo fuesen prácticamente nulas. 
En aquella fiesta asistió una persona muy especial, conocido por todos en el mundillo como “el Huraño”. Era un hombre mayor de pelo cano y barba poblada e hirsuta. El apodo se lo había ganado porque pasaba grandes temporadas enclaustrado en su casa, dedicando horas y horas de estudio a la historia de muchas reliquias o antigüedades poco comunes. Pocos habían entrado en su morada pero aquellos que lo habían hecho coincidían en la magnificencia de la biblioteca de la que disponía, paredes altas forradas enteramente por libros y tomos, en su mayoría antiguos, en los que era necesario dedicar una vida entera para poder leer gran parte de ellos. Tenía, por tanto, un vasto conocimiento en la materia y un reconocimiento de su sabiduría por parte de todos aquellos que le conocían. Pero aquel reconocimiento había caído en los últimos años, no por dudar en absoluto de su recorrido a lo largo de su vida, sino porque la edad, según muchos, le traicionaba la cabeza y su fiabilidad había caído en picado. El respeto que todos tenían por él hacía que el provecto hombre no supiese tal circunstancia, hecho ayudado por la amabilidad y cortesía que todos tenían con “el Huraño”.
En la mencionada fiesta, Aitor se acercó al hombre mayor y le preguntó qué tal sus últimas investigaciones. Este le comentó sobre un retablo del siglo XV al que había perdido la pista, sobre una reliquia de Isaías, uno de los profetas de Israel, consistente en el prólogo del libro que llevaba su nombre y en el que se explicaban determinados argumentos que podían cambiar el significado de determinadas partes de dicho libro. También mencionó sobre un hallazgo suyo, un códice del cual nunca había oído hablar, el Códice Cardan, escrito en el siglo XIII por un tal Kells, persona desconocida de la época. Por lo visto, el Codex había alcanzado un precio desorbitado dentro de las esferas más selectas y escondidas de arte antiguo. Pero quizás lo más curioso del manuscrito es que no llegaba a permanecer demasiado tiempo con ninguno de los propietarios que lo adquirían, lo que aumentaba su precio debido a que, al poco tiempo de tener dueño, este desaparecía o fallecía en circunstancias extrañas, desapareciendo, al poco, el preciado manuscrito hasta que otro nuevo propietario se volvía a hacer con él...

viernes, 25 de marzo de 2016

Estrellas

Elías notaba el frío de la piedra al sentarse. Había bajado la temperatura bastante, pero solo lo notaba en el aire que acariciaba su cara ya que su cuerpo estaba bien abrigado. En donde estaba situado veía, desde la oscuridad, la luminosidad de la ciudad que denotaba actividad a esas horas de la noche. Los faros de los coches en movimiento trazando vivas líneas de colores, edificios altos de cristal que probablemente pertenecerían a empresas y cuyos cuadrados encendidos, mostraban que a esas horas todavía había trabajo por delante y luces de tiendas que indicaban que por la noche no se dejaba de comprar.
Todo aquello contrastaba con las vistas que, más a su derecha y al horizonte, manifestaban tranquilidad. La tranquilidad que le transmitía el brillo de las estrellas sobre el fondo azul oscuro. Su colocación no parecía obedecer a ningún patrón, pero sí es cierto que, cuando su mente trabajaba en conjunto los astros, podía distinguir formas conocidas. Todo desde la oscuridad que le brindaba la cima de aquel montículo escarpado que permitía tan dichosas vistas. Le proporcionaba la tranquilidad que en momentos de desasosiego, como era el actual, necesitaba. Si las estrellas componían formas conocidas, ¿no podría ser que, quizás, intentasen contarle algo? Lo pensaba siempre que se sentaba en aquella piedra pero no sabía cómo entenderlas. Su padre, cuando era pequeño, le dijo una vez, —las estrellas se sitúan en lo más alto para que las puedas ver— a lo que él respondió, — ¿y para qué las quiero ver?—. Él sonrió y le dijo, —porque de todo lo que ves has de aprender y el aprender te hará entender. Fíjate en el mundo que te rodea, porque las cosas siempre quieren contarte algo que puedas aprovechar—, y aquello le abrió un mundo nuevo de inquietud y curiosidad. Desde entonces se fijaba en multitud de cosas, de todas aquellas de las que pudiese extraer algo. Y de todas esas cosas, las estrellas siempre le habían llamado más la atención que cualquier otra. Pero a diferencia de las otras, de las que conseguía aprender o de las que comprobaba que no le aportaban nada, con los astros ni conseguía nada, ni podía comprobar que no tenían nada que ofrecerle, y era debido a que no conseguía descifrar su mensaje. El brillo, el color, la disposición, todo formaba un mensaje.
Se hizo astrónomo y le encantaba la carrera, su profesión, pero, a pesar de haber aprendido el funcionamiento de las estrellas, las teorías de su origen y su comportamiento, era un conocimiento que no le había ayudado a desvelar el secreto que había detrás de ellas.
Mientras contemplaba los astros, de repente, estos comenzaron a moverse lentamente. Cada uno en una dirección diferente, en un sentido diferente. No daba crédito a sus ojos, aquello era prácticamente imposible de que sucediera, ¡todas las estrellas se estaban desplazando a la vez! Pero en su movimiento parecía haber cierto orden, cierta armonía que comunicaba que se movían como un conjunto a pesar de que cada una tomase una dirección diferente. Elías comenzaba a encontrarse mal, lo que maldecía por estropearle un momento tan mágico como el que estaba viviendo. Poco a poco, algunos de los astros luminosos, iban llegando a su destino ya que se iban parando. Elías volvía a maldecir porque cada vez se encontraba peor, se estaba poniendo malo por momentos, muy enfermo, pero no podía dejar de mirar el espectáculo tan maravilloso que estaba presenciando. Aquellos puntos luminosos iban tomando posiciones y se podía ir dilucidando una forma que, al estar incompleta, Elías no conocía todavía su significado, pero que su subconsciente le decía que podía ser algo legible, algo cognoscible. En ese justo momento notó como su corazón se paraba, no se lo podía creer, tanto el que no estuviese asustado por estar más cerca de la muerte que de la vida, como que le estuviese pasando ahora. Notaba que no le quedaba casi tiempo de vida. Pero al seguir observando aquel paisaje astronómico, a pesar de notar el aliento de la muerte, ¡todas estrellas se habían colocado por fin¡ Aquello...aquello...¡aquello era maravilloso! ¡Entendía el mensaje! Los astros se lo estaban comunicando mediante el dibujo de una fórmula matemática, quizás el único medio mediante el cual él podía entender un mensaje de tal envergadura e importancia. Se le empezaban a cerrar los ojos, pero ya daba igual porque ya sabía el mensaje. Por fin, podría descansar en paz. No podía parar de ver, aún con los ojos cerrados, la fórmula que explicaba el funcionamiento de toda la tierra, de todos los planetas, de todas las estrellas, de todo el universo, y ahora sabía, por fin, que, al probar muchas variables sobre la fórmula, comprobaba que la vida es un ciclo, un ciclo que se repite una y otra vez en el que la variable más importante es la felicidad, el motor de nuestras vidas, que nos hace avanzar hacia delante pero no nos deja disfrutar de nuestra existencia por la continua búsqueda de esa felicidad. La tenemos al alcance de nuestras manos y buscamos más lejos de donde está. Solo tenemos que abrazarla para darnos cuenta del don de la vida, para conseguir el objetivo de vivir.
Elías dejaba este mundo tranquilo al haber conocido la verdad, el mensaje que llevaba toda la vida buscando y esperando, pero con la pena de no haberlo conocido con anterioridad para poder haber disfrutado de su corta existencia.
Lo último que hizo fue preguntarse si el mensaje se desveló antes de su muerte o si su muerte desveló el mensaje...
Y descansó en paz.

domingo, 13 de marzo de 2016

El Diario

Allí estaba pasando las hojas. Conforme las iba leyendo en su mente se iban reproduciendo las imágenes de todas aquellas palabras. Mucho más que palabras. Un pasado, una vida. Demasiadas hojas, demasiados sentimientos. La tristeza le invadía, todos aquellos recuerdos le hacían revivir situaciones en la que la felicidad era la ausente y la tristeza era su acompañante. Así día tras día en un túnel que parecía oscuro, largo, casi infinito. Páginas y páginas de dolor escritas por una vida que eligió por él. Él solo pudo levantar un muro, aislar sus sentimientos y esperar, esperar a que aquella construcción aguantase los embates que la desgracia lanzaba con todas sus fuerzas. Su entrada solo podía provocar dolor y una herida que cada vez se hacía más grande. Cada vez que el muro era reconstruido, un nuevo golpe lo tiraba de nuevo y la cicatriz, todavía trabajando, era destruida haciendo pedazos de nuevo sus sentimientos. 
Al final del diario, aquellas hojas dieron paso a otras en donde las palabras reflejaban el encuentro con una felicidad que no había conocido nunca, algo nuevo, algo que debía disfrutar al máximo pues no sabía cuánto iba a durar. Pero aquellos muros levantados no podían desaparecer, en cada embestida en la que la infelicidad consiguió entrar, y una vez se iba, dejando un alma desolada, el muro se reconstruía con unas paredes más altas, más gruesas y más fuertes. Eran infranqueables, irrompibles e indestructibles. 
Al finalizar de leer todas aquellas palabras que le habían mostrado su mundo vivido, se dio cuenta de que el diario le enseñó que la desgracia le apaleó y, cuando esta desapareció, cuando podía haber abrazado la dicha y haber curado su alma, era él mismo el que no dejó paso a aquello que deseó y ansió toda su vida. Ser feliz.

miércoles, 9 de marzo de 2016

El Maletín

Le llamaban Diablo. El mejor espía de todos los tiempos. Hay quién dice que siempre ha tenido algo de maligno, de Satanás en su mirada, en su manera de hablar, en sus gestos y en su manera de hacer. Tal es su influencia actualmente, que hasta las altas esferas empiezan a tenerle miedo. Hasta el punto de no saber qué es peor, si tenerlo de amigo o de enemigo.
Sus inicios no son claros, ya que las personas que lo vieron nacer han muerto, pero las habladurías dicen que se crió en un orfanato de monjas, muerto su padre y abandonado por la madre. Quizás llevase la semilla del mal desde su nacimiento ya que su padre fue uno de los asesinos en serie más temibles de la historia, abatido a tiros, más por la justificación de aniquilar a un monstruo que por cualquier otra causa. 
El chiquillo era muy introvertido pero demostraba grandes habilidades en casi todos los campos intelectuales. Gran estratega decían las monjas, sobre todo para conseguir fugarse una y otra vez del orfanato. En eso no fallaba. Conforme se hizo un poco más mayor, su inteligencia se había desarrollado de manera desmesurada, hasta tal punto que los servicios secretos ya le estaban vigilando para captarle en cuanto tuviese la edad reglamentaria. Era perfecto, inteligente, grandes dotes de estrategia y sin nada ni nadie que perder. Si se moldeaba desde el principio se podía llegar a conseguir un agente excepcional. Y lo mejor de todo es que él estaba totalmente de acuerdo.
Comenzó su carrera, como es de esperar, desde abajo, aprendiendo todos los secretos de la profesión a través de un tutor, un espía veterano, de los mejores, que veía en el chico un grandísimo sucesor suyo. A partir de ahí le fueron introduciendo en pequeñas operaciones de infiltración sin mucho riesgo y, al comprobar que se le quedaban pequeñas, se le asignaron misiones más importantes. Poco a poco iba adquiriendo su propia personalidad, muy agresivo en la manera de llevar a cabo el trabajo, pero muy eficaz. Le gustaban los trajes negros combinados con camisas de color rojo intenso, rojo sangre y siempre con el cuello desabrochado. La eficacia en el éxito de sus misiones era bastante elevada, lo que hacía ganarse el beneplácito de sus superiores para tener una mayor libertad en el modo de ejecutar sus acciones. 
Todo cambió el día en que se hizo con el maletín, un maletín negro. Si sus estadísticas eran buenas, estas pasaron a ser extraordinarias y muchos lo asociaron con el maletín. Lo sorprendente no fue solo eso, sino que además de su capacidad de resolución, era que había conseguido reducir en más de la mitad la duración de las misiones. No sólo había mejorado su tasa de éxito, sino que también había mejorado su eficacia. Era el agente diez. Bueno, para algunos era el agente 666. O el agente Diablo. O directamente el Diablo. Este apodo se lo fue ganando con el tiempo, conforme diferentes agentes iban averiguando su modus operandi para poder copiarlo, pero al final todo se reducía al maletín. Era un maletín realmente misterioso. Diablo conseguía acercarse a los objetivos ganándose su confianza poco a poco hasta que, llegado el momento crítico en el que existía el riesgo de que esa confianza se pudiera romper en beneficio del éxito de la misión, entonces sacaba el maletín. Lo situaba delante del objetivo y lo abría ante la mirada atónita del mismo. Entonces los papeles cambiaban, ahora era Diablo quien estaba por encima del objetivo y este haría todo lo que quisiera el agente 666. El ritual se repetía una y otra vez, abría el maletín y la persona que lo veía caía rendido a sus pies. Y la pregunta, claro, era, ¿qué contiene el maletín? Pregunta sin respuesta. Nadie lo sabía. Y era imposible saberlo, aunque esto no es del todo correcto. Aquellos que intentaban saber su contenido acababan sabiéndolo, pero acababan bajo la influencia de Diablo una vez lo veían, lo cual conseguía cerrar el secreto para aquellos que no lo habían visto. 
La única explicación increíble pero válida, fue contada, curiosamente, por un agente al que llamaban Ángel. Después de haber rastreado todos los casos de Diablo, habérselos estudiado hasta el más mínimo detalle, e incluso de estar delante de la apertura del maletín, pero sin ver su contenido, su conclusión fue sorprendente. El maletín no contenía nada. Eso sí que era revelador, tanto trabajo para eso. Tanto misterio, tanto secreto, tanto enigma y tanta intriga para tal desenlace. Menudo fiasco. Claro, tal y como decía Ángel a todos, -Peculiaridad del ignorante es responder antes de oír, negar antes de comprender, y afirmar sin saber de qué se trata -, haciéndose eco de la frase célebre, -La verdad de todo esto no es lo que contiene el maletín, si no su interpretación- dijo a continuación, pero todo el mundo seguía sin entender, así que dejó la siguiente cuestión en el aire, -¿Qué puede ser más poderoso que la interpretación de las ambiciones de los hombres y las mujeres?- y al ver que el desconcierto continuaba, para dejarlo claro, sentenció con la siguiente pregunta, -¿Qué hombre o qué mujer diría que no a su mayor ambición o anhelo?

martes, 23 de febrero de 2016

Francotirador

Elías pasa el dedo por encima de la foto mientras la mira y nota cómo los ojos comienzan a picarle. La guarda como puede, ya están ahí y él está solo pero se ha preparado. Agarra el rifle y comienza a apuntar. Observa que vienen unos cinco, podrían ser un pelotón perdido, que van buscando la base, o simplemente están de misión. Pero eso se ha acabado. Les controla mirando a través de la mira telescópica, mientras el paisaje les hace de cobertura. La calle inundada de escombros, y cuyos edificios no son más que formas aristosas y de apariencia fantasmagórica, retales de un esplendor anterior y cuya diversidad de colores se ha visto reducido al más absoluto gris, dificulta la localización de los soldados contrarios. Pero por ahora los tiene controlados, la azotea del edificio le permite tener una visión global del desplazamiento estratégico de sus enemigos. Tres se quedan apostados al comienzo de la calle, uno vigilando la retaguardia y los otros dos cubriendo a los que continúan avanzando. De vez en cuando, dan un repaso hacia arriba para intentar descubrir algún francotirador, pero a él no le van a descubrir. Por ahora. 
Los dos soldados avanzan con sigilo por cada lado de la calle y no saben que se están acercando a la trampa. Elías pasa la mano por encima del bolsillo del pecho que contiene la foto y la lleva hasta el gatillo, lo acaricia, se concentra, su instinto ahora tiene el control, así no piensa, no quiere darse cuenta de que va a volver a matar, aguanta la respiración de manera automática y dispara. Consigue detonar la carga que había colocada en mitad de la calle, camuflada entre los escombros, haciendo que los soldados desafíen las leyes de la gravedad. 
Entonces piensa, «dos veces más lejos de mí, dos veces más vivo», no sabe si lo uno compensa a lo otro. Mientras, pivota el rifle hacia los tres restantes y, aprovechando su desconcierto, pone a uno de ellos en la mira, vuelve a aguantar la respiración y aprieta el gatillo con la mala suerte de que la explosión anterior hace caer un trozo pequeño de fachada sobre una carga remanente de batallas pasadas, que produce una segunda explosión en el momento del disparo. Falla. Mala suerte. El enemigo se da cuenta del disparo fallido y calcula la zona aproximada de donde ha venido. Le está buscando con su automática. Mierda. Le toca descubrirse, así que le vuelve a apuntar antes de que él le pueda localizar, le busca la cabeza y la encuentra. Cae como un muñeco y sus compañeros comienzan a dispararle porque han visto de dónde ha salido el tiro. Elías se esconde y el rifle con él, «una vez más lejos de mí, una vez más vivo» se repite. Por cada bala suya que da en el blanco su corazón recibe otra. Ciento cincuenta y siete balazos en pleno corazón, capaz de reventar cualquier músculo cardíaco. Pero el suyo no. El suyo sigue funcionando alimentado por el odio, odio producido por el dolor. Pero su alma se resquebraja, pierde humanidad a cada muerte que colecciona. A cada vida que destruye crea más dolor y sufrimiento. Pero el odio es un combustible que nunca se acaba y por eso seguirá apuntado y disparando a su corazón una y otra vez más. Los ojos le empiezan a lagrimear. No se lo puede permitir, necesita una vista nítida y limpia, así que vuelve a dejar que su instinto tome el control.
Espera detrás del muro bajo de la azotea a que los disparos cesen. Entonces empieza a calcular el tiempo, sabe con toda probabilidad que se van a dirigir a la entrada para poder llegar a él, así que solo tiene que cronometrar el tiempo que tardan en llegar desde donde están, teniendo en cuenta las paradas de cobertura para protegerse. Después, darle a los explosivos que tiene preparados, así que tantea el detonador y lo activa. 
La carga explota y escucha gritos. Ha acertado. Se asoma y mira pero no ve nada más que escombros en la entrada. Confía que uno haya caído. Ahora se dirige hacia el casetón de cubierta, única entrada hasta la azotea, donde se sitúa en uno de los laterales escondido. Solo le queda esperar con la pistola en la mano a que abran la puerta. Observa su placa cómo cuelga y su nombre grabado, Elías. Sabe que significa “Mi Dios es Yahvéh” del nombre hebreo. Lo que no supieron sus padres es que acertaron con el nombre. No porque crea en Yahvéh, ya que su Dios es su rifle Ballista, si no porque tiene fe igualmente. Fe en la muerte. 
Todo sucede muy rápido, escucha cómo se abre la puerta de una patada, se asoma un poco y ve cómo el soldado cae al suelo de bruces y su pistola resbala por el suelo, el hilo tensado por la apertura de la puerta ha hecho su efecto. Se contiene un instante para comprobar que el compañero no está y se tira encima suyo en el momento en el que se da la vuelta boca arriba. Entonces Elías le apunta con la pistola a la cabeza y ve cómo al soldado le invade el miedo e intenta agarrarle el brazo para apartar el arma. Elías aprieta el cañón contra su frente y duda un instante. Ve el terror en el soldado. No quiere matarle. Ve a su hijo, en mitad de la invasión enemiga, cómo una bala le alcanza la espalda y cae. Después, su hijo en una silla de ruedas. Ahora quiere matarle. El odio le invade, llora porque se debate entre su humanidad y la venganza. 
Le tiembla la mano y dispara. 
Se hace el silencio. 
Contempla cómo la expresión de miedo del enemigo se diluye, su cuerpo se relaja y queda una máscara con un agujero en la cabeza. Elías se da cuenta de lo que ha hecho y no sabe si quería hacerlo o no. 
«Una vez más lejos de mí, una vez más vivo», piensa. 
Vuelve a ver a su hijo cuando se despidió de él y de su mujer, - Papá, no vayas, sólo crearás más dolor, harás daño a más gente, ¡ya basta! – le dice enfadado. Pero él le contesta que tiene que proteger a la gente que quiere, a ellos. Dejarlo es permitir que vuelvan a hacer lo mismo. – Si te vas no quiero volver a verte – Sentenció su hijo. Entonces él le dio un beso y un abrazo de despedida y se fue.
Deja caer la pistola, se derrumba y llora. El rifle siempre le ha permitido llamar a la muerte a distancia, sin ver su cara directamente, siempre escondido, un muro, unos escombros, unas barricadas, da igual, siempre detrás de algo que le impedía entender el alcance de sus actos. La pistola se lo ha mostrado. Acaba de ver el dolor que es capaz de generar. A los demás y a los suyos. Ya no le queda un ápice de aquella humanidad que tenía y que ha ido destruyendo con cada bala que añadía un cadáver más en aquella pila de muerte, solo producida por un monstruo. Él.
Coge la pistola, se la mete en la boca y piensa «Una vez más lejos de mí, una vez más vivo» y escucha el sonido de su propia muerte.

domingo, 7 de febrero de 2016

Arcones

Un bar. Una canción. Y mil recuerdos. Aquella cerveza fría tenía un sabor intenso, delicioso, con toques de añoranza mezclados con un poco de melancolía y remembranza. Potenciaba lo que recibía del exterior. Aquellas notas le imprimían una sensación de euforia, fuerza interior y aquel lugar le devolvía imágenes escondidas en los arcones de sus recuerdos. Reminiscencias de tiempos mejores, de tiempos en los que los sentimientos, las sensaciones, invadían su cuerpo por completo inyectándolo de una energía inagotable. Muchos actos poco meditados, improvisados que ofrecían parte de riesgo, de emoción, que alimentaban la adrenalina que corría por sus venas y le hacían totalmente invencible. La adolescencia y la juventud, tiempos idealistas, buenos, malos y turbulentos, ignorantes del futuro pero intensos en el presente. Tiempos vividos. Tiempos pasados.
Dio el último trago y se marchó.