miércoles, 5 de diciembre de 2012

El Amanecer

El amanecer perfila el horizonte,
y ahí está el hombre como polizonte,
en el mar y con oleaje,
bajo la luz anaranjada
transportando algo de bagaje
y sin darse cuenta de nada.
El amanecer perfila el horizonte
desde el inicio, desde el origen,
y ahí está el hombre como polizonte
rompe y rompe las reglas que rigen
una y otra vez, una y otra vez,
las normas que dirigen la vida
porque para él son una idiotez,
los propios recursos dilapida,
y que sin darnos cuenta de nada,
filosofía tierra quemada,
en la que el rey es el egoísmo
que le está destruyendo a si mismo
con manos sabe que ensangrentadas
excava y excava sin entender,
con cada tierra arrasada,
que en su profunda tumba ha de caer,
bajo el amanecer y su mirada.

miércoles, 25 de abril de 2012

Cruz de Dios 1ª Parte


El Teniente De La Riva se lo había dejado bastante claro, tenía que salir de la trinchera e ir directo a través de la zona de fuego hasta la siguiente que había excavada a 200 metros más adelante.
- Soldado de primera Cruz de Dios, tendrá que atravesar parte del campo de fuego para llegar a la siguiente trinchera y comprobar si existe enemigo alguno, y en caso de que así sea, ¡eliminarlo! – dijo con nerviosismo – recuerde que este tipo de acciones son las que pueden marcar una diferencia, hacer que la balanza se incline ligeramente hacia nuestro favor. Salga ahí, llegue hasta la trinchera, elimine al enemigo y conseguirá que avancemos en esta guerra, sabe que confío en usted porque sé que lo logrará. – se quedó callado fijando su mirada penetrante sobre sus ojos, una mirada de un hombre sin miedo que transmitía fuerza y seguridad sobre él, esperando a su aprobación.
El soldado de primera Cruz de Dios asintió con la cabeza, llenó sus pulmones de aire viciado con sabor a pólvora y salió de la zanja. Empezó a correr a través del campo de fuego notando como los proyectiles se empezaban a avivar conforme se iba acercando hacia la trinchera, unos cerca y otros más lejos. A mitad de camino empezó a notar como sus pulmones ardían por dentro cada vez que cogían aire, solo tenia en mente llegar hasta allí a través de la lluvia de disparos que iban de un lado a otro hasta que de repente, a la izquierda, hubo un sonido ensordecedor con tal fuerza que le desplazó hacia la derecha tirándole al suelo. Pronto se recuperó y echó a correr al ver que su objetivo estaba muy cerca cuando se tropezó con  un hoyo que había en el terreno cayendo de nuevo al suelo, y según se volvía a levantar, oyó un sonido metálico y notó un impacto en el casco que casi le tira al suelo, pero no le impidió llegar por fin hasta la trinchera donde se dejó caer con la bayoneta apuntando a un lado y a otro, hasta que se dio cuenta de que no había ningún enemigo a la vista. Suspiró descansando unos segundos y observó el proyectil que se había clavado en el casco. Empezó a cavilar que siempre el Teniente conseguía convencerle para hacer estas locuras, y al pararse a pensar se daba cuenta de las acciones suicidas que acababa haciendo. Pero en el fondo le gustaba. No sabía si era la adrenalina o el riesgo que le hacían sentir como si se tirase al vacío pero con más intensidad, ya que aquí podía morir en cualquier instante.
Al rato, llegaron más compañeros del pelotón y el Teniente De La Riva. Mientras el resto del pelotón revisaba la existencia de algún posible enemigo en la defensa, el Teniente se dirigió a Cruz de Dios:
- Muy bien soldado, le felicito porque ha hecho una acción de gran valor e importancia. Ahora descanse soldado. Esta noche tendrán una misión de gran relevancia. - Aseveró el Teniente...CONTINUARÁ 

miércoles, 18 de abril de 2012

Haiku


La semana pasada un grandísimo amigo me enseñó algunos Haikus, y me explicó sobre ellos. Me picó la curiosidad así que he querido intentar algunos, momento en el que me di cuenta cómo la simplicidad complica su formación pero a la vez, cómo con tan poco se puede expresar tanto. Los dos primeros no respetan la regla de 5-7-5, el resto sí. Aún así, algunas normas no se habrán cumplido en cualquiera de ellos. No ha sido una labor estricta si no de simple esparcimiento, disfrutando en su composición.

De presente a pasado
así es la vida,
cuando la muerte llega.

Notas y melodías
suenan toda la vida,
corazón palpitante.

Arena fina
escapa poco a poco,
la vida rápida.

Largo camino
corre, corre ya
rápido se irá

Imperceptible,
hoja que se cae.
Una belleza.

miércoles, 11 de abril de 2012

Pista


Un golpe. Un candelabro. Estaba en el suelo, le habían lesionado y se arrastraba. No podía mover la pierna de la contundencia del impacto. Tenía que salir de la biblioteca. Todavía tenía algo de tiempo ya que consiguió alcanzar a su agresor en la cara, con el canto de uno de los libros de una de las estanterías, en el instante en que el asesino le asestó con el candelabro. Si quería alguna posibilidad de vivir tendría que salir de aquella habitación. Seguía arrastrándose hacia puerta hasta que se le ocurrió una idea mejor. Intentaría coger el candelabro y tirarlo por la ventana. Aquello le daría más tiempo para salir de allí o por lo menos continuar vivo un poco más. Le daba miedo porque se tendría que acercar al hombre que estaba tendido en el suelo. Le debió golpear en la cabeza para que cayese como un fardo. La pierna le dolía demasiado pero se dirigió al agresor y se dispuso a agarrar el candelabro en el mismo momento en que este también lo hacía. De repente, había abierto los ojos y con cara de ira tiró del candelabro hacia sí. Forcejearon en el suelo hasta que el asesino perdió el objeto contundente. Él, a pesar del dolor agudo que le atenazaba a la pierna, logró impactarle con el arma en el torso, el agresor cayó y él se arrastró en busca de la salida de aquella estancia. Llevaba el candelabro en la mano. Cuando logró alcanzar la puerta, se fijó que por la parte exterior a la habitación había una llave encajada en la cerradura. Miró al interior de la biblioteca y vio al hombre tumbado en el suelo con el libro con el que le había sacudido la primera vez cerca suyo también en el piso. Se limitó a cerrar la puerta y echar la llave. Le había echado a perder el Cluedo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Estrellas


Era una noche increíble. Se contemplaban las estrellas con una claridad que pocas veces había visto. Brillaban con la luz de la vida que contenían y aquello se contagiaba, desprendían una cantidad de energía extraordinaria, tanto que se quedaban grabadas en la retina al admirarlas por un rato. Eran tantas que contarlas le podría llevar mil vidas. Ella solo pedía una, la que le querían quitar, la que le quedaba por vivir, la que le quedaba por disfrutar. El fin estaba cerca y solo quería pensar en la noche tan hermosa que le envolvía. Estaba en el patio y la podía observar en todo su apogeo. No quería mirar hacia abajo, estaría el rato que le quedaba encarando a aquella noche tan limpia, tan nítida. No quería volver la mirada hacia abajo por no ver el mundo que no entendía. Aquel mundo que decidía por ella, aquel mundo que le iba a robar la vida y que le estaba haciendo tanto daño. Le avisó con suficiente antelación, tiempo en el que mantuvo la esperanza, en la que mantuvo la luz, ambas aniquiladas después de la decisión. No culpaba a la humanidad, culpaba al mismo mundo que le había creado. Las injusticias y las crueldades, de las que se había dado cuenta que eran la base del orden social y natural, no tenían solución. Solo la sociedad podía cambiar, pero para eso era necesario gente que luchase con el corazón como pensamiento y valores morales justos como armas. Pero ella no lo vería. Le quedaba tan poco tiempo que solo quería observar las estrellas y el esplendor de su libertad en la oscuridad. Su último deseo, la liberación de la noche, el privilegio de saltar de estrella en estrella sin cadenas. Aquel momento se acabó, echó un último vistazo al cielo por el que la luz entraba a través de pequeños orificios, agarró los grilletes para no tropezarse y fue a sentarse junto a la muerte.

miércoles, 28 de marzo de 2012

La Cadena


Era de noche y aquel hombre entraba en el callejón que recorría todos los días para llegar a casa. Suponía un atajo considerable a dar la vuelta a la manzana y era un recorrido que llevaba unos años realizando y ya se había vuelto muy conocido. El callejón transmitía sensación de tristeza, de soledad, delimitado por dos edificios esbeltos cuyas fachadas de ladrillo viejo solo sujetaban escaleras metálicas de emergencia corroídas por el transcurso del tiempo. Papeles que yacían en el suelo, carteles pegados sobre la fachada de uno de los edificios doblados sobre sí mismos sin encontrar el suelo, contenedores de basura colocados a ambos lados, independientes unos de otros, totalmente aleatorios.
Entró en el callejón, más oscuro que en la calle principal apenas iluminada por farolas cuyas bombillas estaban al final de su vida útil. Avanzó por el pensando en los problemas de trabajo acaecidos en el día, probando variantes, intentando encontrar soluciones. Conforme se fue adentrando en el callejón se dio cuenta de un pequeño detalle, notaba cierta sensación extraña, no sabría explicarla pero no le gustaba. Empezó a mirar hacia atrás, quizás no era miedo pero a lo mejor desconfianza, recelo, cierto temor y no sabía por qué. Comenzó a apretar el paso, seguía mirando hacia atrás, la calle principal, más iluminada, iba quedando cada vez más lejana. De repente miró hacia delante y se le heló la sangre, había una niña sentada en una mecedora en mitad del callejón, se mecía de forma repetitiva y su mirada se le clavó en sus ojos. Aquella mirada no expresaba la infantilidad propia de la edad de aquella niña, si no algo que acontecía en su interior, algo que no parecía bueno. De pelo largo, liso, negro azabache, la niña llevaba un vestido blanco de tela que hacía juego con la palidez de su piel, salvo en la zona del párpado inferior en ambos ojos, donde se oscurecía reforzando aquella mirada sombría.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar... - Repetía constantemente en un susurro que se iba elevando porco a poco, con un golpe de voz en cada palabra independientes una de otra, como si cada una formase una frase completa.
Entonces el hombre que se había quedado perplejo y asustado ante tal visión, comenzó a mirar a los lados, detrás de la niña, detrás de si mismo sin saber qué buscar. Estaba impresionado por aquella situación. La niña se balanceaba cada vez más rápido, como si la inercia no fuese con ella.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar... - Seguía repitiendo en un tono más alto, con una voz  que no era suya, adulta y áspera.
Él quería sortearla e irse de allí tan rápido como pudiese, pero como no se atrevía optó por volver por donde había venido. En el momento en que lo pensó, la niña se dirigió a él.
-¿Me-das-la-mano? - Le preguntó con la misma voz mientras continuaba estática en su balanceo.
-¿La mano? - Respondió el hombre temeroso que no sabía qué hacer, le inquietaba aquella niña pero, ¿y si necesitaba su ayuda?
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-¿me-das-la-mano? - Le volvió a preguntar perforándole con la mirada.
A lo mejor aquella niña necesitaba tratamiento psiquiátrico y él estaba dudando si ayudarla o no, pensó el hombre que poco a poco se fue convenciendo de que tenía que ayudarla. En el fondo no dejaba de ser una pobre niña.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-dame-la-mano - Ordenó esta vez con la voz todavía más brusca, más seca.
Entonces fue cuando tomó la determinación de acercarse a ella y cogerle de la mano, no podía más y tenía que ayudarla.
Cuando se acercó, la niña se levantó con una velocidad increíble de la mecedora y le agarró de la mano. En ese momento, el hombre notó cómo aquella pequeña mano le abrasaba la suya, entonces ella comenzó a enseñar una leve sonrisa maliciosa mientras a él le nacía una quemazón en el interior del pecho, que iba creciendo rápidamente hasta que parecía tener fuego dentro. El mismo fuego poco a poco se fue desplazando hacia el hombro, el brazo, hasta llegar a la mano que le agarraba la niña, por donde aquello pareció salir. Después, ella le soltó la mano rápidamente y se fue corriendo. El hombre se quedó muy tranquilo, pero notaba algo raro en su interior, le faltaba algo, no se podía comportar como siempre, se sentía extraño. Al rato, se dio cuenta de lo que había pasado. Se sentó en la mecedora y se meció.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar...

La niña le había robado sus sentimientos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Lágrimas


El mar se movía de manera rítmica intentando llegar cada vez más lejos sobre la arena de la playa, con una retirada rápida para un embate mayor. El paso del agua borraba las huellas producidas a lo largo del día a la vez que mojaba los pies de un joven que estaba sentado sobre la arena. El sol aquella tarde se mostraba fuerte incidiendo sobre la cara del hombre que, junto con el viento, secaban las lágrimas resbaladizas de sus mejillas. Habían pasado tan solo unas horas desde que la mujer a la que quería con todo su ser hubiese partido. Un viaje con la certeza de un regreso sin día conocido. O por lo menos era lo que pensaba él. Estaba convencido de que ella volvería. La esperaría ahí el tiempo que fuese necesario, no se movería hasta volver a contemplar su belleza. La imagen que tenía de ella era su mayor tesoro y por eso no podía dejar de ver su mirada, su sonrisa, la alegría que siempre desprendía, no podía olvidarla.
Los días se empezaron a suceder, uno detrás de otro a cada cual más largo pasando a semanas, meses y años. Pero él seguía en el mismo sitio permaneciendo con la misma esperanza, de que ella volvería, que el primer día. Su imagen seguía siendo igual de nítida y de clara, no había perdido ningún detalle.
Los años parecían dilatarse en el tiempo con la espera pero este no paraba y los años pasados se iban acumulando. Su corazón albergaba los mismos sentimientos que antaño, esta vez teñidos por la añoranza pero igual de enérgicos a pesar de la ausencia de su motor principal. Solo miraba al horizonte esperando una señal que le indicara que estaba en lo cierto y que ella habría vuelto. Aquellos sentimientos tan fuertes se sustentaban con la idea de que ella sentía lo mismo que él y por eso estaba convencido de que volvería, porque ella también le necesitaba.
Después de tanto tiempo, después de tanta espera, su corazón latía desbocado al ver la figura de la mujer a la que amaba, corría y corría hacia ella porque quería tenerla a su lado, abrazarla y saber que ya no se volvería a ir. Cuando vio detenidamente su cara, su cuerpo, se quedó perplejo, confuso al igual que ella cuya cuyas facciones expresaban duda, indecisión hasta que ambos se dieron cuenta que sus reacciones habían sido recíprocas, momento en el que se fundieron en un abrazo. Se agarraban con fuerza, las lágrimas de alegría caían en la arena, notaban como ambos corazones latían con la potencia del sentimiento más puro que era el que les había guardado la misma juventud del primer día que se separaron. El amor les había concedido otra oportunidad.