Una terraza en la que se sirven historias, historias con la única intención de hacer volar la imaginación por un rato...
lunes, 6 de mayo de 2013
JASD
Soy la luz, soy el aire, soy la tierra, el mar y el fuego. Estoy en
todas partes. Aunque no te des cuenta, me sientes en lo más trivial, desde el
aire cuando roza tu piel hasta la alegría que sientes cuando te ríes. No tengo
conciencia de cuando nací y tampoco de cuando moriré. Soy omnipresente, soy
ubicuo, todo lo veo y todo lo escucho. Todo forma parte de mi, desde la porción
más pequeña de la que estás compuesto como de todo aquello que te rodea. Noto
todo lo que percibes y mis sentimientos están formados de todo aquello que
sientes. Experimento el amor, el odio, la alegría, la tristeza, la rabia, la
tranquilidad de todos vosotros así como del resto de las especies. Con la
naturaleza ensayo y observo, poniendo a prueba mi mayor instrumento, la evolución.
Con ella pretendo llegar a la perfección absoluta y para ello tengo toda la
eternidad...vosotros solo tenéis una vida y una misión, la de sobrevivir, que
la evolución vendrá detrás. Soy superior a vosotros, pero vosotros me haréis
perfecto. Levantaos cada día para luchar, sufrir y aguantar para alcanzar la
noche del mismo día. Unos con unas condiciones mejores que otros, nada abandonado
a la suerte, todo debido a los progenitores de cada uno, y cada uno lo que
dejará a sus descendientes. La suerte no existe, solo yo modifico los
acontecimientos para alcanzar mi fin, ensayo, experimento, pruebo, tanteo y
analizo, quizás, para jugar a ser Dios...
miércoles, 5 de diciembre de 2012
El Amanecer
El amanecer perfila el horizonte,
y ahí está el hombre como polizonte,
en el mar y con oleaje,
bajo la luz anaranjada
transportando algo de bagaje
y sin darse cuenta de nada.
El amanecer perfila el horizonte
desde el inicio, desde el origen,
y ahí está el hombre como polizonte
rompe y rompe las reglas que rigen
una y otra vez, una y otra vez,
las normas que dirigen la vida
porque para él son una idiotez,
los propios recursos dilapida,
y que sin darnos cuenta de nada,
filosofía tierra quemada,
en la que el rey es el egoísmo
que le está destruyendo a si mismo
con manos sabe que ensangrentadas
excava y excava sin entender,
con cada tierra arrasada,
que en su profunda tumba ha de caer,
bajo el amanecer y su mirada.
miércoles, 25 de abril de 2012
Cruz de Dios 1ª Parte
El Teniente De La Riva se lo había dejado
bastante claro, tenía que salir de la trinchera e ir directo a través de la
zona de fuego hasta la siguiente que había excavada a 200 metros más adelante.
- Soldado de primera Cruz de
Dios, tendrá que atravesar parte del campo de fuego para llegar a la siguiente
trinchera y comprobar si existe enemigo alguno, y en caso de que así sea, ¡eliminarlo!
– dijo con nerviosismo – recuerde que este tipo de acciones son las que pueden
marcar una diferencia, hacer que la balanza se incline ligeramente hacia
nuestro favor. Salga ahí, llegue hasta la trinchera, elimine al enemigo y
conseguirá que avancemos en esta guerra, sabe que confío en usted porque sé que
lo logrará. – se quedó callado fijando su mirada penetrante sobre sus ojos, una
mirada de un hombre sin miedo que transmitía fuerza y seguridad sobre él, esperando
a su aprobación.
El soldado de primera Cruz de
Dios asintió con la cabeza, llenó sus pulmones de aire viciado con sabor a
pólvora y salió de la zanja. Empezó a correr a través del campo de fuego
notando como los proyectiles se empezaban a avivar conforme se iba acercando
hacia la trinchera, unos cerca y otros más lejos. A mitad de camino empezó a
notar como sus pulmones ardían por dentro cada vez que cogían aire, solo tenia
en mente llegar hasta allí a través de la lluvia de disparos que iban de un
lado a otro hasta que de repente, a la izquierda, hubo un sonido ensordecedor con
tal fuerza que le desplazó hacia la derecha tirándole al suelo. Pronto se
recuperó y echó a correr al ver que su objetivo estaba muy cerca cuando se
tropezó con un hoyo que había en el
terreno cayendo de nuevo al suelo, y según se volvía a levantar, oyó un sonido
metálico y notó un impacto en el casco que casi le tira al suelo, pero no le
impidió llegar por fin hasta la trinchera donde se dejó caer con la bayoneta
apuntando a un lado y a otro, hasta que se dio cuenta de que no había ningún
enemigo a la vista. Suspiró descansando unos segundos y observó el proyectil
que se había clavado en el casco. Empezó a cavilar que siempre el Teniente
conseguía convencerle para hacer estas locuras, y al pararse a pensar se daba
cuenta de las acciones suicidas que acababa haciendo. Pero en el fondo le
gustaba. No sabía si era la adrenalina o el riesgo que le hacían sentir como si
se tirase al vacío pero con más intensidad, ya que aquí podía morir en
cualquier instante.
Al rato, llegaron más compañeros
del pelotón y el Teniente De La Riva.
Mientras el resto del pelotón revisaba la existencia de algún
posible enemigo en la defensa, el Teniente se dirigió a Cruz de Dios:
- Muy bien soldado, le felicito
porque ha hecho una acción de gran valor e importancia. Ahora descanse soldado.
Esta noche tendrán una misión de gran relevancia. - Aseveró el Teniente...CONTINUARÁ
miércoles, 18 de abril de 2012
Haiku
La semana pasada un grandísimo amigo me enseñó algunos Haikus, y me
explicó sobre ellos. Me picó la curiosidad así que he querido intentar algunos,
momento en el que me di cuenta cómo la simplicidad complica su formación pero a
la vez, cómo con tan poco se puede expresar tanto. Los dos primeros no respetan
la regla de 5-7-5, el resto sí. Aún así, algunas normas no se habrán cumplido
en cualquiera de ellos. No ha sido una labor estricta si no de simple
esparcimiento, disfrutando en su composición.
De presente a pasado
así es la vida,
cuando la muerte llega.
Notas y melodías
suenan toda la vida,
corazón palpitante.
Arena fina
escapa poco a poco,
la vida rápida.
Largo camino
corre, corre ya
rápido se irá
Imperceptible,
hoja que se cae.
Una belleza.
miércoles, 11 de abril de 2012
Pista
Un golpe. Un
candelabro. Estaba en el suelo, le habían lesionado y se arrastraba. No podía
mover la pierna de la contundencia del impacto. Tenía que salir de la
biblioteca. Todavía tenía algo de tiempo ya que consiguió alcanzar a su agresor
en la cara, con el canto de uno de los libros de una de las estanterías, en el
instante en que el asesino le asestó con el candelabro. Si quería alguna
posibilidad de vivir tendría que salir de aquella habitación. Seguía
arrastrándose hacia puerta hasta que se le ocurrió una idea mejor. Intentaría
coger el candelabro y tirarlo por la ventana. Aquello le daría más tiempo para
salir de allí o por lo menos continuar vivo un poco más. Le daba miedo porque
se tendría que acercar al hombre que estaba tendido en el suelo. Le debió
golpear en la cabeza para que cayese como un fardo. La pierna le dolía demasiado
pero se dirigió al agresor y se dispuso a agarrar el candelabro en el mismo
momento en que este también lo hacía. De repente, había abierto los ojos y con
cara de ira tiró del candelabro hacia sí. Forcejearon en el suelo hasta que el
asesino perdió el objeto contundente. Él, a pesar del dolor agudo que le
atenazaba a la pierna, logró impactarle con el arma en el torso, el agresor
cayó y él se arrastró en busca de la salida de aquella estancia. Llevaba el
candelabro en la mano. Cuando logró alcanzar la puerta, se fijó que por la
parte exterior a la habitación había una llave encajada en la cerradura. Miró
al interior de la biblioteca y vio al hombre tumbado en el suelo con el libro
con el que le había sacudido la primera vez cerca suyo también en el piso. Se
limitó a cerrar la puerta y echar la llave. Le había echado a perder el Cluedo.
miércoles, 4 de abril de 2012
Estrellas
Era una noche increíble. Se
contemplaban las estrellas con una claridad que pocas veces había visto.
Brillaban con la luz de la vida que contenían y aquello se contagiaba,
desprendían una cantidad de energía extraordinaria, tanto que se quedaban grabadas
en la retina al admirarlas por un rato. Eran tantas que contarlas le podría
llevar mil vidas. Ella solo pedía una, la que le querían quitar, la que le
quedaba por vivir, la que le quedaba por disfrutar. El fin estaba cerca y solo
quería pensar en la noche tan hermosa que le envolvía. Estaba en el patio y la
podía observar en todo su apogeo. No quería mirar hacia abajo, estaría el rato
que le quedaba encarando a aquella noche tan limpia, tan nítida. No quería
volver la mirada hacia abajo por no ver el mundo que no entendía. Aquel mundo
que decidía por ella, aquel mundo que le iba a robar la vida y que le estaba
haciendo tanto daño. Le avisó con suficiente antelación, tiempo en el que
mantuvo la esperanza, en la que mantuvo la luz, ambas aniquiladas después de la
decisión. No culpaba a la humanidad, culpaba al mismo mundo que le había
creado. Las injusticias y las crueldades, de las que se había dado cuenta que
eran la base del orden social y natural, no tenían solución. Solo la sociedad
podía cambiar, pero para eso era necesario gente que luchase con el corazón
como pensamiento y valores morales justos como armas. Pero ella no lo vería. Le
quedaba tan poco tiempo que solo quería observar las estrellas y el esplendor
de su libertad en la oscuridad. Su último deseo, la liberación de la noche, el
privilegio de saltar de estrella en estrella sin cadenas. Aquel momento se
acabó, echó un último vistazo al cielo por el que la luz entraba a través de
pequeños orificios, agarró los grilletes para no tropezarse y fue a sentarse
junto a la muerte.
miércoles, 28 de marzo de 2012
La Cadena
Era de noche y aquel hombre
entraba en el callejón que recorría todos los días para llegar a casa. Suponía
un atajo considerable a dar la vuelta a la manzana y era un recorrido que
llevaba unos años realizando y ya se había vuelto muy conocido. El callejón
transmitía sensación de tristeza, de soledad, delimitado por dos edificios esbeltos
cuyas fachadas de ladrillo viejo solo sujetaban escaleras metálicas de
emergencia corroídas por el transcurso del tiempo. Papeles que yacían en el
suelo, carteles pegados sobre la fachada de uno de los edificios doblados sobre
sí mismos sin encontrar el suelo, contenedores de basura colocados a ambos
lados, independientes unos de otros, totalmente aleatorios.
Entró en el callejón, más oscuro
que en la calle principal apenas iluminada por farolas cuyas bombillas estaban
al final de su vida útil. Avanzó por el pensando en los problemas de trabajo
acaecidos en el día, probando variantes, intentando encontrar soluciones. Conforme
se fue adentrando en el callejón se dio cuenta de un pequeño detalle, notaba
cierta sensación extraña, no sabría explicarla pero no le gustaba. Empezó a
mirar hacia atrás, quizás no era miedo pero a lo mejor desconfianza, recelo,
cierto temor y no sabía por qué. Comenzó a apretar el paso, seguía mirando
hacia atrás, la calle principal, más iluminada, iba quedando cada vez más
lejana. De repente miró hacia delante y se le heló la sangre, había una niña
sentada en una mecedora en mitad del callejón, se mecía de forma repetitiva y
su mirada se le clavó en sus ojos. Aquella mirada no expresaba la infantilidad
propia de la edad de aquella niña, si no algo que acontecía en su interior,
algo que no parecía bueno. De pelo largo, liso, negro azabache, la niña llevaba
un vestido blanco de tela que hacía juego con la palidez de su piel, salvo en
la zona del párpado inferior en ambos ojos, donde se oscurecía reforzando
aquella mirada sombría.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar...
- Repetía constantemente en un susurro que se iba elevando porco a poco, con un
golpe de voz en cada palabra independientes una de otra, como si cada una
formase una frase completa.
Entonces el hombre que se había
quedado perplejo y asustado ante tal visión, comenzó a mirar a los lados,
detrás de la niña, detrás de si mismo sin saber qué buscar. Estaba impresionado
por aquella situación. La niña se balanceaba cada vez más rápido, como si la
inercia no fuese con ella.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar...
- Seguía repitiendo en un tono más alto, con una voz que no era suya, adulta y áspera.
Él quería sortearla e irse de
allí tan rápido como pudiese, pero como no se atrevía optó por volver por donde
había venido. En el momento en que lo pensó, la niña se dirigió a él.
-¿Me-das-la-mano? - Le preguntó
con la misma voz mientras continuaba estática en su balanceo.
-¿La mano? - Respondió el hombre
temeroso que no sabía qué hacer, le inquietaba aquella niña pero, ¿y si
necesitaba su ayuda?
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-¿me-das-la-mano?
- Le volvió a preguntar perforándole con la mirada.
A lo mejor aquella niña
necesitaba tratamiento psiquiátrico y él estaba dudando si ayudarla o no, pensó
el hombre que poco a poco se fue convenciendo de que tenía que ayudarla. En el
fondo no dejaba de ser una pobre niña.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-dame-la-mano
- Ordenó esta vez con la voz todavía más brusca, más seca.
Entonces fue cuando tomó la
determinación de acercarse a ella y cogerle de la mano, no podía más y tenía
que ayudarla.
Cuando se acercó, la niña se
levantó con una velocidad increíble de la mecedora y le agarró de la mano. En
ese momento, el hombre notó cómo aquella pequeña mano le abrasaba la suya,
entonces ella comenzó a enseñar una leve sonrisa maliciosa mientras a él le
nacía una quemazón en el interior del pecho, que iba creciendo rápidamente
hasta que parecía tener fuego dentro. El mismo fuego poco a poco se fue
desplazando hacia el hombro, el brazo, hasta llegar a la mano que le agarraba
la niña, por donde aquello pareció salir. Después, ella le soltó la mano
rápidamente y se fue corriendo. El hombre se quedó muy tranquilo, pero notaba
algo raro en su interior, le faltaba algo, no se podía comportar como siempre,
se sentía extraño. Al rato, se dio cuenta de lo que había pasado. Se sentó en
la mecedora y se meció.
-No-puedo-llorar,-no-puedo-llorar,-no-puedo-llorar...
La niña le había robado sus
sentimientos.
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