viernes, 25 de marzo de 2016

Estrellas

Elías notaba el frío de la piedra al sentarse. Había bajado la temperatura bastante, pero solo lo notaba en el aire que acariciaba su cara ya que su cuerpo estaba bien abrigado. En donde estaba situado veía, desde la oscuridad, la luminosidad de la ciudad que denotaba actividad a esas horas de la noche. Los faros de los coches en movimiento trazando vivas líneas de colores, edificios altos de cristal que probablemente pertenecerían a empresas y cuyos cuadrados encendidos, mostraban que a esas horas todavía había trabajo por delante y luces de tiendas que indicaban que por la noche no se dejaba de comprar.
Todo aquello contrastaba con las vistas que, más a su derecha y al horizonte, manifestaban tranquilidad. La tranquilidad que le transmitía el brillo de las estrellas sobre el fondo azul oscuro. Su colocación no parecía obedecer a ningún patrón, pero sí es cierto que, cuando su mente trabajaba en conjunto los astros, podía distinguir formas conocidas. Todo desde la oscuridad que le brindaba la cima de aquel montículo escarpado que permitía tan dichosas vistas. Le proporcionaba la tranquilidad que en momentos de desasosiego, como era el actual, necesitaba. Si las estrellas componían formas conocidas, ¿no podría ser que, quizás, intentasen contarle algo? Lo pensaba siempre que se sentaba en aquella piedra pero no sabía cómo entenderlas. Su padre, cuando era pequeño, le dijo una vez, —las estrellas se sitúan en lo más alto para que las puedas ver— a lo que él respondió, — ¿y para qué las quiero ver?—. Él sonrió y le dijo, —porque de todo lo que ves has de aprender y el aprender te hará entender. Fíjate en el mundo que te rodea, porque las cosas siempre quieren contarte algo que puedas aprovechar—, y aquello le abrió un mundo nuevo de inquietud y curiosidad. Desde entonces se fijaba en multitud de cosas, de todas aquellas de las que pudiese extraer algo. Y de todas esas cosas, las estrellas siempre le habían llamado más la atención que cualquier otra. Pero a diferencia de las otras, de las que conseguía aprender o de las que comprobaba que no le aportaban nada, con los astros ni conseguía nada, ni podía comprobar que no tenían nada que ofrecerle, y era debido a que no conseguía descifrar su mensaje. El brillo, el color, la disposición, todo formaba un mensaje.
Se hizo astrónomo y le encantaba la carrera, su profesión, pero, a pesar de haber aprendido el funcionamiento de las estrellas, las teorías de su origen y su comportamiento, era un conocimiento que no le había ayudado a desvelar el secreto que había detrás de ellas.
Mientras contemplaba los astros, de repente, estos comenzaron a moverse lentamente. Cada uno en una dirección diferente, en un sentido diferente. No daba crédito a sus ojos, aquello era prácticamente imposible de que sucediera, ¡todas las estrellas se estaban desplazando a la vez! Pero en su movimiento parecía haber cierto orden, cierta armonía que comunicaba que se movían como un conjunto a pesar de que cada una tomase una dirección diferente. Elías comenzaba a encontrarse mal, lo que maldecía por estropearle un momento tan mágico como el que estaba viviendo. Poco a poco, algunos de los astros luminosos, iban llegando a su destino ya que se iban parando. Elías volvía a maldecir porque cada vez se encontraba peor, se estaba poniendo malo por momentos, muy enfermo, pero no podía dejar de mirar el espectáculo tan maravilloso que estaba presenciando. Aquellos puntos luminosos iban tomando posiciones y se podía ir dilucidando una forma que, al estar incompleta, Elías no conocía todavía su significado, pero que su subconsciente le decía que podía ser algo legible, algo cognoscible. En ese justo momento notó como su corazón se paraba, no se lo podía creer, tanto el que no estuviese asustado por estar más cerca de la muerte que de la vida, como que le estuviese pasando ahora. Notaba que no le quedaba casi tiempo de vida. Pero al seguir observando aquel paisaje astronómico, a pesar de notar el aliento de la muerte, ¡todas estrellas se habían colocado por fin¡ Aquello...aquello...¡aquello era maravilloso! ¡Entendía el mensaje! Los astros se lo estaban comunicando mediante el dibujo de una fórmula matemática, quizás el único medio mediante el cual él podía entender un mensaje de tal envergadura e importancia. Se le empezaban a cerrar los ojos, pero ya daba igual porque ya sabía el mensaje. Por fin, podría descansar en paz. No podía parar de ver, aún con los ojos cerrados, la fórmula que explicaba el funcionamiento de toda la tierra, de todos los planetas, de todas las estrellas, de todo el universo, y ahora sabía, por fin, que, al probar muchas variables sobre la fórmula, comprobaba que la vida es un ciclo, un ciclo que se repite una y otra vez en el que la variable más importante es la felicidad, el motor de nuestras vidas, que nos hace avanzar hacia delante pero no nos deja disfrutar de nuestra existencia por la continua búsqueda de esa felicidad. La tenemos al alcance de nuestras manos y buscamos más lejos de donde está. Solo tenemos que abrazarla para darnos cuenta del don de la vida, para conseguir el objetivo de vivir.
Elías dejaba este mundo tranquilo al haber conocido la verdad, el mensaje que llevaba toda la vida buscando y esperando, pero con la pena de no haberlo conocido con anterioridad para poder haber disfrutado de su corta existencia.
Lo último que hizo fue preguntarse si el mensaje se desveló antes de su muerte o si su muerte desveló el mensaje...
Y descansó en paz.

domingo, 13 de marzo de 2016

El Diario

Allí estaba pasando las hojas. Conforme las iba leyendo en su mente se iban reproduciendo las imágenes de todas aquellas palabras. Mucho más que palabras. Un pasado, una vida. Demasiadas hojas, demasiados sentimientos. La tristeza le invadía, todos aquellos recuerdos le hacían revivir situaciones en la que la felicidad era la ausente y la tristeza era su acompañante. Así día tras día en un túnel que parecía oscuro, largo, casi infinito. Páginas y páginas de dolor escritas por una vida que eligió por él. Él solo pudo levantar un muro, aislar sus sentimientos y esperar, esperar a que aquella construcción aguantase los embates que la desgracia lanzaba con todas sus fuerzas. Su entrada solo podía provocar dolor y una herida que cada vez se hacía más grande. Cada vez que el muro era reconstruido, un nuevo golpe lo tiraba de nuevo y la cicatriz, todavía trabajando, era destruida haciendo pedazos de nuevo sus sentimientos. 
Al final del diario, aquellas hojas dieron paso a otras en donde las palabras reflejaban el encuentro con una felicidad que no había conocido nunca, algo nuevo, algo que debía disfrutar al máximo pues no sabía cuánto iba a durar. Pero aquellos muros levantados no podían desaparecer, en cada embestida en la que la infelicidad consiguió entrar, y una vez se iba, dejando un alma desolada, el muro se reconstruía con unas paredes más altas, más gruesas y más fuertes. Eran infranqueables, irrompibles e indestructibles. 
Al finalizar de leer todas aquellas palabras que le habían mostrado su mundo vivido, se dio cuenta de que el diario le enseñó que la desgracia le apaleó y, cuando esta desapareció, cuando podía haber abrazado la dicha y haber curado su alma, era él mismo el que no dejó paso a aquello que deseó y ansió toda su vida. Ser feliz.

miércoles, 9 de marzo de 2016

El Maletín

Le llamaban Diablo. El mejor espía de todos los tiempos. Hay quién dice que siempre ha tenido algo de maligno, de Satanás en su mirada, en su manera de hablar, en sus gestos y en su manera de hacer. Tal es su influencia actualmente, que hasta las altas esferas empiezan a tenerle miedo. Hasta el punto de no saber qué es peor, si tenerlo de amigo o de enemigo.
Sus inicios no son claros, ya que las personas que lo vieron nacer han muerto, pero las habladurías dicen que se crió en un orfanato de monjas, muerto su padre y abandonado por la madre. Quizás llevase la semilla del mal desde su nacimiento ya que su padre fue uno de los asesinos en serie más temibles de la historia, abatido a tiros, más por la justificación de aniquilar a un monstruo que por cualquier otra causa. 
El chiquillo era muy introvertido pero demostraba grandes habilidades en casi todos los campos intelectuales. Gran estratega decían las monjas, sobre todo para conseguir fugarse una y otra vez del orfanato. En eso no fallaba. Conforme se hizo un poco más mayor, su inteligencia se había desarrollado de manera desmesurada, hasta tal punto que los servicios secretos ya le estaban vigilando para captarle en cuanto tuviese la edad reglamentaria. Era perfecto, inteligente, grandes dotes de estrategia y sin nada ni nadie que perder. Si se moldeaba desde el principio se podía llegar a conseguir un agente excepcional. Y lo mejor de todo es que él estaba totalmente de acuerdo.
Comenzó su carrera, como es de esperar, desde abajo, aprendiendo todos los secretos de la profesión a través de un tutor, un espía veterano, de los mejores, que veía en el chico un grandísimo sucesor suyo. A partir de ahí le fueron introduciendo en pequeñas operaciones de infiltración sin mucho riesgo y, al comprobar que se le quedaban pequeñas, se le asignaron misiones más importantes. Poco a poco iba adquiriendo su propia personalidad, muy agresivo en la manera de llevar a cabo el trabajo, pero muy eficaz. Le gustaban los trajes negros combinados con camisas de color rojo intenso, rojo sangre y siempre con el cuello desabrochado. La eficacia en el éxito de sus misiones era bastante elevada, lo que hacía ganarse el beneplácito de sus superiores para tener una mayor libertad en el modo de ejecutar sus acciones. 
Todo cambió el día en que se hizo con el maletín, un maletín negro. Si sus estadísticas eran buenas, estas pasaron a ser extraordinarias y muchos lo asociaron con el maletín. Lo sorprendente no fue solo eso, sino que además de su capacidad de resolución, era que había conseguido reducir en más de la mitad la duración de las misiones. No sólo había mejorado su tasa de éxito, sino que también había mejorado su eficacia. Era el agente diez. Bueno, para algunos era el agente 666. O el agente Diablo. O directamente el Diablo. Este apodo se lo fue ganando con el tiempo, conforme diferentes agentes iban averiguando su modus operandi para poder copiarlo, pero al final todo se reducía al maletín. Era un maletín realmente misterioso. Diablo conseguía acercarse a los objetivos ganándose su confianza poco a poco hasta que, llegado el momento crítico en el que existía el riesgo de que esa confianza se pudiera romper en beneficio del éxito de la misión, entonces sacaba el maletín. Lo situaba delante del objetivo y lo abría ante la mirada atónita del mismo. Entonces los papeles cambiaban, ahora era Diablo quien estaba por encima del objetivo y este haría todo lo que quisiera el agente 666. El ritual se repetía una y otra vez, abría el maletín y la persona que lo veía caía rendido a sus pies. Y la pregunta, claro, era, ¿qué contiene el maletín? Pregunta sin respuesta. Nadie lo sabía. Y era imposible saberlo, aunque esto no es del todo correcto. Aquellos que intentaban saber su contenido acababan sabiéndolo, pero acababan bajo la influencia de Diablo una vez lo veían, lo cual conseguía cerrar el secreto para aquellos que no lo habían visto. 
La única explicación increíble pero válida, fue contada, curiosamente, por un agente al que llamaban Ángel. Después de haber rastreado todos los casos de Diablo, habérselos estudiado hasta el más mínimo detalle, e incluso de estar delante de la apertura del maletín, pero sin ver su contenido, su conclusión fue sorprendente. El maletín no contenía nada. Eso sí que era revelador, tanto trabajo para eso. Tanto misterio, tanto secreto, tanto enigma y tanta intriga para tal desenlace. Menudo fiasco. Claro, tal y como decía Ángel a todos, -Peculiaridad del ignorante es responder antes de oír, negar antes de comprender, y afirmar sin saber de qué se trata -, haciéndose eco de la frase célebre, -La verdad de todo esto no es lo que contiene el maletín, si no su interpretación- dijo a continuación, pero todo el mundo seguía sin entender, así que dejó la siguiente cuestión en el aire, -¿Qué puede ser más poderoso que la interpretación de las ambiciones de los hombres y las mujeres?- y al ver que el desconcierto continuaba, para dejarlo claro, sentenció con la siguiente pregunta, -¿Qué hombre o qué mujer diría que no a su mayor ambición o anhelo?

martes, 23 de febrero de 2016

Francotirador

Elías pasa el dedo por encima de la foto mientras la mira y nota cómo los ojos comienzan a picarle. La guarda como puede, ya están ahí y él está solo pero se ha preparado. Agarra el rifle y comienza a apuntar. Observa que vienen unos cinco, podrían ser un pelotón perdido, que van buscando la base, o simplemente están de misión. Pero eso se ha acabado. Les controla mirando a través de la mira telescópica, mientras el paisaje les hace de cobertura. La calle inundada de escombros, y cuyos edificios no son más que formas aristosas y de apariencia fantasmagórica, retales de un esplendor anterior y cuya diversidad de colores se ha visto reducido al más absoluto gris, dificulta la localización de los soldados contrarios. Pero por ahora los tiene controlados, la azotea del edificio le permite tener una visión global del desplazamiento estratégico de sus enemigos. Tres se quedan apostados al comienzo de la calle, uno vigilando la retaguardia y los otros dos cubriendo a los que continúan avanzando. De vez en cuando, dan un repaso hacia arriba para intentar descubrir algún francotirador, pero a él no le van a descubrir. Por ahora. 
Los dos soldados avanzan con sigilo por cada lado de la calle y no saben que se están acercando a la trampa. Elías pasa la mano por encima del bolsillo del pecho que contiene la foto y la lleva hasta el gatillo, lo acaricia, se concentra, su instinto ahora tiene el control, así no piensa, no quiere darse cuenta de que va a volver a matar, aguanta la respiración de manera automática y dispara. Consigue detonar la carga que había colocada en mitad de la calle, camuflada entre los escombros, haciendo que los soldados desafíen las leyes de la gravedad. 
Entonces piensa, «dos veces más lejos de mí, dos veces más vivo», no sabe si lo uno compensa a lo otro. Mientras, pivota el rifle hacia los tres restantes y, aprovechando su desconcierto, pone a uno de ellos en la mira, vuelve a aguantar la respiración y aprieta el gatillo con la mala suerte de que la explosión anterior hace caer un trozo pequeño de fachada sobre una carga remanente de batallas pasadas, que produce una segunda explosión en el momento del disparo. Falla. Mala suerte. El enemigo se da cuenta del disparo fallido y calcula la zona aproximada de donde ha venido. Le está buscando con su automática. Mierda. Le toca descubrirse, así que le vuelve a apuntar antes de que él le pueda localizar, le busca la cabeza y la encuentra. Cae como un muñeco y sus compañeros comienzan a dispararle porque han visto de dónde ha salido el tiro. Elías se esconde y el rifle con él, «una vez más lejos de mí, una vez más vivo» se repite. Por cada bala suya que da en el blanco su corazón recibe otra. Ciento cincuenta y siete balazos en pleno corazón, capaz de reventar cualquier músculo cardíaco. Pero el suyo no. El suyo sigue funcionando alimentado por el odio, odio producido por el dolor. Pero su alma se resquebraja, pierde humanidad a cada muerte que colecciona. A cada vida que destruye crea más dolor y sufrimiento. Pero el odio es un combustible que nunca se acaba y por eso seguirá apuntado y disparando a su corazón una y otra vez más. Los ojos le empiezan a lagrimear. No se lo puede permitir, necesita una vista nítida y limpia, así que vuelve a dejar que su instinto tome el control.
Espera detrás del muro bajo de la azotea a que los disparos cesen. Entonces empieza a calcular el tiempo, sabe con toda probabilidad que se van a dirigir a la entrada para poder llegar a él, así que solo tiene que cronometrar el tiempo que tardan en llegar desde donde están, teniendo en cuenta las paradas de cobertura para protegerse. Después, darle a los explosivos que tiene preparados, así que tantea el detonador y lo activa. 
La carga explota y escucha gritos. Ha acertado. Se asoma y mira pero no ve nada más que escombros en la entrada. Confía que uno haya caído. Ahora se dirige hacia el casetón de cubierta, única entrada hasta la azotea, donde se sitúa en uno de los laterales escondido. Solo le queda esperar con la pistola en la mano a que abran la puerta. Observa su placa cómo cuelga y su nombre grabado, Elías. Sabe que significa “Mi Dios es Yahvéh” del nombre hebreo. Lo que no supieron sus padres es que acertaron con el nombre. No porque crea en Yahvéh, ya que su Dios es su rifle Ballista, si no porque tiene fe igualmente. Fe en la muerte. 
Todo sucede muy rápido, escucha cómo se abre la puerta de una patada, se asoma un poco y ve cómo el soldado cae al suelo de bruces y su pistola resbala por el suelo, el hilo tensado por la apertura de la puerta ha hecho su efecto. Se contiene un instante para comprobar que el compañero no está y se tira encima suyo en el momento en el que se da la vuelta boca arriba. Entonces Elías le apunta con la pistola a la cabeza y ve cómo al soldado le invade el miedo e intenta agarrarle el brazo para apartar el arma. Elías aprieta el cañón contra su frente y duda un instante. Ve el terror en el soldado. No quiere matarle. Ve a su hijo, en mitad de la invasión enemiga, cómo una bala le alcanza la espalda y cae. Después, su hijo en una silla de ruedas. Ahora quiere matarle. El odio le invade, llora porque se debate entre su humanidad y la venganza. 
Le tiembla la mano y dispara. 
Se hace el silencio. 
Contempla cómo la expresión de miedo del enemigo se diluye, su cuerpo se relaja y queda una máscara con un agujero en la cabeza. Elías se da cuenta de lo que ha hecho y no sabe si quería hacerlo o no. 
«Una vez más lejos de mí, una vez más vivo», piensa. 
Vuelve a ver a su hijo cuando se despidió de él y de su mujer, - Papá, no vayas, sólo crearás más dolor, harás daño a más gente, ¡ya basta! – le dice enfadado. Pero él le contesta que tiene que proteger a la gente que quiere, a ellos. Dejarlo es permitir que vuelvan a hacer lo mismo. – Si te vas no quiero volver a verte – Sentenció su hijo. Entonces él le dio un beso y un abrazo de despedida y se fue.
Deja caer la pistola, se derrumba y llora. El rifle siempre le ha permitido llamar a la muerte a distancia, sin ver su cara directamente, siempre escondido, un muro, unos escombros, unas barricadas, da igual, siempre detrás de algo que le impedía entender el alcance de sus actos. La pistola se lo ha mostrado. Acaba de ver el dolor que es capaz de generar. A los demás y a los suyos. Ya no le queda un ápice de aquella humanidad que tenía y que ha ido destruyendo con cada bala que añadía un cadáver más en aquella pila de muerte, solo producida por un monstruo. Él.
Coge la pistola, se la mete en la boca y piensa «Una vez más lejos de mí, una vez más vivo» y escucha el sonido de su propia muerte.

domingo, 7 de febrero de 2016

Arcones

Un bar. Una canción. Y mil recuerdos. Aquella cerveza fría tenía un sabor intenso, delicioso, con toques de añoranza mezclados con un poco de melancolía y remembranza. Potenciaba lo que recibía del exterior. Aquellas notas le imprimían una sensación de euforia, fuerza interior y aquel lugar le devolvía imágenes escondidas en los arcones de sus recuerdos. Reminiscencias de tiempos mejores, de tiempos en los que los sentimientos, las sensaciones, invadían su cuerpo por completo inyectándolo de una energía inagotable. Muchos actos poco meditados, improvisados que ofrecían parte de riesgo, de emoción, que alimentaban la adrenalina que corría por sus venas y le hacían totalmente invencible. La adolescencia y la juventud, tiempos idealistas, buenos, malos y turbulentos, ignorantes del futuro pero intensos en el presente. Tiempos vividos. Tiempos pasados.
Dio el último trago y se marchó.

miércoles, 27 de enero de 2016

La Foto

Está enfrente del ordenador y no hace más que mirar la imagen que tiene en su pantalla. Es simplemente la foto de una mujer de edad un poco avanzada en medio del campo en un día muy soleado. Pero es que esta foto tiene más colores que un arcoíris. Y los colores están ahí por una razón y él la sabe bien, así que continua observándola un rato hasta que sus ojos vuelven a mirar el cuadro que tiene en la pared. Aquel cuadro se lo había regalado una mujer, quizás a la única mujer a la que había querido nunca. Ese cuadro es la única prueba de ello. Aparecen dos barcas que navegan juntas en medio del mar, ayudándose una a otra con las redes de pesca. Sí, tiene un mensaje. Cuando ella se lo dio, él captó el mensaje en el momento, pero no le dijo nada hasta un pasado un rato para que ella acabara preguntándole - ¿No te dice nada el cuadro o qué? –, esos momentos eran los mejores, en los que ella esperaba que él dijera algo pero él no lo decía. Hasta que le preguntaba, eso era mejor que el propio regalo, ver cómo empezaba a inquietarse, a mirarle fijamente como pensando «¿no se da cuenta?¿me lo va a decir o no?». Le gustaba jugar con ella en ese aspecto, ella no podía evitar ponerse nerviosa y él no podía evitar no ponerla nerviosa. Así era el juego. Ahora es la imagen del ordenador la que está jugando con él, esos colores no hacen más que moverse en su mente, combinándose unos con otros, separándose, agrupándose, deshaciéndose. Su mente trabaja rápido pero no lo suficiente. Se distrae en seguida con el cuadro de nuevo. El mensaje era claro, cuando hay dos, se ayudan mutuamente. Y ese era el caso. Ella fue muy comprensiva con él. Él no es un tío fácil y lo sabe. Está realmente enamorado de los unos y los ceros, y eso es muy difícil de compatibilizar con una novia. Le molesta salir de su universo binario, donde su computadora es su mundo, donde lo conceptual se hace real, donde siempre será un aprendiente. Pero con ella era diferente. Conseguía que su existencia cobrase sentido fuera de unos píxeles y un teclado. 
La foto reclama su atención ya que cree ver el conjunto adecuado de colores. El orden es fundamental. Y cree que lo ha conseguido. Revisa mentalmente las posibilidades, rehace algunas combinaciones de colores para contrastar y voilá, ahí estaba. Lo tenía. Pero no la tenía a ella. Ella se tuvo que ir, se despidió de él y le pidió perdón, cosa que él no admitió, él no tiraba la toalla nunca, pero en aquella ocasión no tuvo más remedio y le pegó en todo su corazón acorazado. Pocas cosas le han tocado tanto como aquello. No hubo posibilidad de elección, nunca hubo un uno, siempre fue un cero. El cáncer, sentenciador silencioso, verdugo manifiesto. Lo hace por ella. Ha derribado el muro de colores. Tiene el código. Comienza a teclear, las líneas se suceden en la pantalla con un mensaje que él entiende perfectamente. Pulveriza todo aquello que se opone a él, entra donde no debe, introduce la llave, el código y voilá, ahí estaba. Comienza a descargar el archivo. Nunca reza pero esta es la ocasión perfecta para empezar. Si no lo baja rápido le cortarán la descarga. Siempre se ha preguntado si la gente reza por miedo o por fe. Él no reza, pero alguien ha escuchado sus plegarias no realizadas y el archivo ya lo tiene en su ordenador. Lo graba en un disco duro portátil y desenchufa el ordenador. Enciende el ordenador alternativo, se conecta por otra vía y comienza a subir el archivo. Ya no lo pueden evitar. Ha colgado el archivo y voilá, ahí estaba. Acaba de tirar millones y millones de euros por el retrete. Bueno él exactamente no. Fueron ellos los que empezaron. Él avisó, y el que avisa no es traidor. Pero se creen intocables. Hasta que alguien les toca. Mejor dicho, les peta. Y ese sí que ha sido él. Para que la gente tenga la posibilidad de decidir entre cero y uno. La cura del cáncer ya no estará más en manos privadas. Es lo que tiene la red, el poder que te da no es a base de dinero. El poder que te da es para destruir el dinero.

martes, 19 de enero de 2016

Contra El Mundo

Echaste la mirada atrás,
Parte de una vida concluida,
Parte de un camino realizado
Del que jamás te arrepentirás.
Un camino siempre de ida
Que nunca has abandonado
Y por el que jamás volverás,
Con un objetivo que no cejarás.
Aunque vayas contra el mundo,
Siempre fuerte, siempre convencido,
Y grabado en lo más profundo
Obtendrás como merecido
Lo que buscabas del mundo,
Grita lo que has obtenido
Porque cuando te lo quitaron
Lloraste lo perdido.
Estás en el camino que nadie elije,
Estás en la senda que nadie entiende,
Quizás porque nunca te lo dije,
Quizás porque nadie comprende
Que escogiste el camino complicado,
Aquel sendero angosto y empinado
En el que solo te quedaste
Y durante tiempo rolaste
Hasta que encontraste una salida.
Sigue luchando,
Sigue avanzando
Porque eso es la vida,
Que nadie te tire
Que nadie te tumbe
Sigue y que se retire,
A nadie le incumbe
Que nadie te mire
Por hacer diferente
De lo que hace la gente.
Aunque vayas contra el mundo,
Siempre fuerte, siempre convencido,
Y grabado en lo más profundo
Obtendrás como merecido
Lo que buscabas del mundo.